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LA BIOÉTICA EN LA CRISIS DE LA CULTURA

 

Pedro J. Sarmiento M.

Máster en Bioética. Profesor de Bioética Universidad de La Sabana.


Para una aproximación que aspire a ser objetiva en el análisis de la problemática de la cultura en general, se hace necesario introducir una perspectiva que delimite los aspectos más sobresalientes del fenómeno histórico que suscita el hombre, agrupe y analice detenidamente el aporte singular de las disciplinas científico -humanistas, y pueda de este modo, -definiendo previamente un arco en el tiempo-, reconocer los movimientos, errores, adelantos, retrocesos o repeticiones en los fenómenos de los que hoy se entiende por cultura. Nada de esto es posible hacer aquí, ya que este análisis, ameritaría el concurso de muchos y prolongados esfuerzos. Puede sin embargo, proponerse un trabajo inicial más delimitado, y quizá mas oportuno, reconozca algunos aspectos sintomáticos de una crisis, en algunos de los cuales, sobrevive la Bioética. Sin embargo las implicaciones que involucra la Bioética al interior de esta problemática de la cultura -debido quizá a su reciente aparición-, han sido inadecuadamente asumidas en razón a la urgencia con la que se le ha demandado orientaciones, y en consecuencia ha conllevado al olvido de lo importante; en este afán. El aporte de esta disciplina, para muchos cuestionable, ha pretendido consolidarse en medio de sus vicisitudes, como una actividad que con el aporte de muchos intereses, afronta en ocasiones sin todo el éxito, un grupo de problemas que cuestionan múltiples aspectos en el horizonte de la cultura. Por esta razón, habré de referirme en esta ocasión solo a tres contenidos, al interior de los cuales puedan definirse un espacio para el análisis, en principio solo descriptivo de esta problemática.

1. LA BIOÉTICA Y LA FILOSOFÍA

La aproximación a la bioética, como disciplina adolescente en edad, en madurez, pero también en contenidos, merece considerar su dimensión aplicativa como una dimensión cuya problemática la sitúa en un lugar privilegiado en orden a la vida del género humano y su destino. Sin embargo la urgencia de su aplicación no puede oscurecer su verdadero contenido. La Bioética nacida de una necesidad antes que de una exigencia connatural a la ciencia, es hoy un lugar en el cual se debate el universo de la filosofía, la ciencia y el universo de lo humano. Estos tres universos proporcionan al discurso bioético el contexto en el cual las grandes preguntas de la filosofía se hacen pertinentes y concretas para la Bioética. Delante del discurso bioético será siempre pertinente la pregunta por el hombre en el marco de la antropología y la filosofía. No es el discurso bioético un discurso ajeno a la naturaleza de la filosofía. Para la filosofía siempre han estado vigentes las grandes preguntas, cuya naturaleza ha hecho posible la pregunta por el origen y la physis de lo humano. La pregunta por el obrar del hombre se hace concreta en la Bioética, como una pregunta que obliga a volver a la pregunta por el ser hombre, es decir a la filosofía del hombre. Este retorno, habitual para la filosofía, es una sugerencia hoy apremiante que ha provocado la ciencia médica en particular por hacer posibles movimientos en el orden del ser del hombre y de la vida, que la filosofía contempló por así decido, con más distancia de lo que se creía.

La filosofía, en su única y exclusiva misión de dar cuenta absoluta de la realidad, no delegable en tres tipos de saber, se ve obligada en medio de la crisis de la racionalidad contemporánea, a reformular las preguntas fundamentales que las ciencias positivas pretenden reductivamente responder. Lo que pretendo delinear aquí, es precisamente los aspectos que hacen pertinente a la bioética como pregunta por el hombre, en un discurso connatural al ejercicio de la filosofía. No pretendo hacer de esta propuesta una brecha más entre las extensas áreas del saber acerca del hombre y de la realidad, señalando al estilo de kantiano qué cosa nos es posible y que cosa no nos es posible conocer, -pensamiento al cual el mundo contemporáneo tiene la obligación de hacer una verdadera crítica, y cuyas consecuencias han fracturado precisamente por ausencia de crítica, la verdadera y original pregunta por el hombre. Mi propuesta es en un primer momento, reconocer las razones por las cuales la filosofía, comprendida como la única capaz de dar cuenta de la realidad, inmersa en la crisis de la racionalidad, ha renunciado a la responsabilidad de hablar sobre el hombre, dejando que las ciencias positivas asuman su propio deber en medio de su fragmentario y reductivista saber.

La Bioética como adolescente disciplina nos reúne con la esperanza de responder a interrogantes de orden práctico cuyo fundamento encarna la Filosofía. En la pregunta que la modernidad iniciada con Descartes quiso responder de forma" clara y distinta" constituyéndose en el mito de la racionalidad yace el elemento que justifica el sentido de la bioética: la pregunta por el hombre. La pregunta de la bioética, no está en el alcance del poder de la ciencia ni en la licitud o ilicitud de ciertos procedimientos terapéuticos o de investigación exclusivamente. La pregunta que subyace a la bioética es precisamente la pregunta por el hombre que encarna la filosofía. No es la Bioética una especie de coctel de saberes entre los cuales con la pretensión de interdisciplinariedad se busque definir lo lícito de lo ilícito. La bioética es desde esta perspectiva, en todo el pleno sentido de la expresión, una pregunta por el ser del hombre. Solo en este sentido la bioética como disciplina convoca obligadamente a la filosofía a dar cuenta del fundamento del hombre en la línea de su obrar. Arribar a esta comprensión de la bioética que prescinda del carácter apendicular del saber y posibilitar la apertura a esta reflexión, será el primer elemento que deseo proponer en esta conferencia.

La Bioética nos lanza a respondemos qué cosa es el hombre, cuál es su materia y su espíritu, cuál es el fundamento de su racionalidad en la búsqueda por una eticidad en el obrar científico. Que el hombre es un ser espiritual, es una afirmación que la modernidad reconoció a la tradición griega y medieval, pero no tuvo el valor de discurrir, debido a que postuló como paradigma del conocimiento el modelo de la matemática y luego con el iluminismo, el modelo de la' física newtoniana. Tales modelos epistemológicos debido a su capacidad demostrativa, imposibilitaron la pregunta por el ser del hombre. El criticismo kantiano agotó luego la posibilidad de preguntar por el hombre, dejando a su posteridad los problemas que ocuparon a otros trabajos de la filosofía, bajo otras concepciones en las que como refería Habermas, no dejó de haber algún "interés". La preocupación por delimitar lo que el hombre podía conocer negó el camino a preguntar por el ser del hombre. Esto abrió espacio para que el materialismo marxista redujera el ser del hombre a fuerza de trabajo, sometida al devenir opresivo de la historia. La teoría de la evolución, redujo el ser del hombre a la evolución de una especie, mostrándose no sin el carácter de una ideología absoluta, bajo un irreal concepto de cientificidad.

La verdad sobre el hombre pasó a un segundo o tercer plano, bajo la ideología de la liberación, el evolucionismo y la herencia del empirismo inglés. El modelo de la ciencia pasó sin ser cuestionado a ser el paradigma del conocer, dejando las verdades del ser y del deber ser a la estrategia equívoca y oscura del consenso. Me pregunto ¿qué cosa puede decir el consenso acerca de la finalidad del hombre? ¿Cómo indagar la verdad en medio de un consenso que ha reducido el ser del hombre a una dimensión exclusivamente practica y materialista, donde no hay lugar a las grandes preguntas de la filosofía y en donde no existe ningún interés por la verdad?

¿Cómo encontrar el ser del hombre en una filosofía de la acción que busca minimizar el dolor, maximizar el placer y extender esta lógica de vida al mayor número de personas? En medio de esta crisis del hombre y de la pregunta por su ser, nace la bioética que como tal adolece de una filosofía.

La pregunta ahora podría delinearse según su propio fundamento. ¿Cuál filosofía para la Bioética? Esta será la primera pregunta que habré de dejar como primer elemento en los primeros pasos para la resolución de nuestros problemas. La pregunta no será cual, o cuales principios, podrán aplicarse en el caso particular ofrecido por la praxis científica, pues tales principios hoy enunciados por una corriente de pensamiento en la Bioética actual, son una estructura muerta, asfixiada por la pragmaticidad que no puede contemplar el ser del hombre. El principalismo de Beauchamp y Childress nacido en los primeros años de la Bioética por una orden de gobierno, no puede reducir el obrar ético del hombre a la aplicación infundada de ellos. El consenso jamás pondrá de acuerdo los tropiezos que la aplicación de estos principios genera en la práctica sin ningún remedio. La Justicia no podrá considerarse jamás como un principio sino antes bien, como un telos en el escenario del obrar ético del hombre. Este puede ser el camino para retomar la noción de finalidad que la pragmaticidad de algunas corrientes de pensamiento bioético que pretenden trazar horizontes bajo el criterio de "extranjería moral", como afirma T. Engelhardt han querido proponerse como paradigma en la Bioética. Considerar al hombre como extranjero moral, es prescindir de toda reflexión por el origen del hombre, y por su physis. Un hombre extranjero para sí mismo que pretende interrogar el fundamento ético de su obrar, es contrario a la esencia del filosofar. El hombre no puede ser considerado como un extranjero moral, pues el mismo, en su physis que lo distingue de las demás especies es moral, y esta physis moral del hombre, tiene un origen que ningún filosofar puede omitir preguntar. Esta es la diferencia que la racionalidad humana opone a la actividad cortical del animal. Si por extranjero moral entiende Engelhardt, la posibilidad de hablar sobre ética en ausencia de referencia a ningún modelo ético preexistente, la naturaleza moral del hombre en la búsqueda del bien obrar, determina que el hombre jamás pueda ser un extranjero. La extranjería moral a la que convoca el pensamiento de Engelhardt, ciega la posibilidad de la moral como trabajo de la filosofía, pues en dicho plano solo resta atribuir a la estrategia del consenso, un criterio de verdad que merece toda crítica

El tema del consenso es la herencia del positivismo el cual atribuye un concepto de verdad derivado del saber experimental. Transportar el tema del consenso a la filosofía moral, significa no considerar a la Filosofía como una disciplina teórico práctica, sino reducirla a una práctica - práctica, dirigida a obtener resultados operativos. Pero si la Razón no da cuenta del significado de la vida, ni del sentido moral de la acción humana por prescindir de la pregunta por la physis y el origen de toda su dimensión filosófica, será preciso que otra facultad, en últimas la voluntad, justifique el obrar moral del hombre. Tal ha sido el propósito de este trabajo al renunciar a la verdad para justificar una opción ética social o en últimas un estilo y comportamiento de vida. Bajo el sofisma del consenso la Filosofía ha dejado a otras disciplinas que reflexionen sobre el obrar moral del hombre. Es indispensable que el hombre filosofe para distinguir la verdad del consenso. Esto significa que no puede valorarse la consistencia teórica y la veracidad de ciertas filosofías por su aprobación numérica o sentimental de las decisiones. Esto será solamente el principio en el debate verdaderamente filosófico, que justifique en el plano de la racionalidad no del resultado, por qué razón está en pie la decisión de condenar a muerte a un embrión malformado, o por qué razón se separa el significado del acto unitivo y procreativo del acto conyugal en aras de obtener una producción de hijos perfectos. Bajo tal perspectiva deberá encaminarse ahora la nueva bioética dejando atrás a la filosofía de la pragmaticidad, para elevarse a la altura de la racionalidad bioética, abriendo lugar al debate intelectual que detrás de cada decisión práctica justifica la acción. Los trabajos que en la actualidad buscan referirse al plano de la intersubjetividad, como fundamento de la reflexión moral, carecen de una formulación antropológica como condición de su filosofar.

La Filosofía debe conservar su propia identidad y escribir su propia historia. La filosofía no es la historia de la filosofía, tampoco la historia de la investigación humana. La pregunta filosófica por el sentido último de la vida y de la realidad no es ajena a la pregunta por el significado moral de las acciones. No es posible determinar el significado de la moral sin entrar en la pregunta por el sentido último de la vida. Se trata de salir de la posición moderna del problema ético, para retomar a la ética como "phi1osophia prima", y proponer el problema entre mi existencia y la existencia de un fundamento de la moral. La filosofía ha delegado a otros tipo de saber el deber de dar cuenta de la realidad y del fundamento de la moral. Este es en el fondo el fundamento de la crisis, cuya resolución está justamente al interior de la Filosofía.

La verdadera pregunta para la Filosofía y la Bioética no es precisamente la licitud ética en el obrar práctico, sino la pregunta por el hombre, pues la vida moral del nombre no puede reducirse a la aplicación de unos principios, ni tampoco al naufragio de la intersubjetividad postulada por la fenomenología, ni menos a la historia de la filosofía moral del hombre.

La vida moral del hombre es en cierto sentido la vida misma del hombre, No somos computadores que aplicamos reglas algorítmicas en el manejo de situaciones donde hay compromiso ético. El hombre puesto en el orden del ser tiene una naturaleza moral encarnada en su physis. Detrás de la versión escueta del principlismo, existe el hombre con conciencia y grandes preguntas que el materialismo práctico pretende omitir, no reflexionar y en últimas reducir a la acción, mediante el alcance de los fines postulados por la lógica de la autonomía, del placer, la ausencia del dolor y la del tener. Existe una jerarquía en los valores que la bioética hoy reclama para la vida, no en el contexto de una lógica de libertad subjetiva que desmembre al ser del hombre sino que lo articule en una mirada filosófica de su ser, es decir, que articule su origen su fundamento y su fin. Ante el apremio de las soluciones que reclama la sociedad y los terapeutas e investigadores, amerita filosofar sobre el hombre antes que pretender veloces e irreflexivas soluciones.

2. LA BIOÉTICA Y LA METAFÍSICA

No puede negarse que la preocupación griega por distinguir la sabiduría (sophía), de la técnica (techné), es de algún modo el núcleo de los problemas más centrales de la bioética. Delante de la pregunta que interroga si todo lo técnicamente posible es éticamente lícito, debe responderse que solo tomándose en serio la pregunta por el ser, podremos responder adecuadamente la pregunta por el deber ser. La modernidad abandonó la pregunta original por el ser, dejando el tema de la finalidad al pasado. Lo que pretendo reivindicar aquí, es que la filosofía ha propuesto de forma racional un mundo que ha olvidado la pregunta fundamental por el ser del hombre, haciendo que la ciencia tropiece con el ser del hombre sin comprender su significado.

La historia del pensamiento desde la modernidad ha reconocido al saber de la ciencia, como un saber con carácter incuestionable por la capacidad de transformación de la realidad, la descripción de macro y micro elementos reales y la utilización de sus fuerzas, con una apariencia de positividad, como sin más allá de la cual, no hubiera otra cosa qué decir. Sin embargo esta ciencia "positiva" jamás ha otorgado la necesidad y universalidad a las proposiciones de la bioética. Todo hombre de ciencia que considere la naturaleza, seriamente y con detención y que contemple su propio ser y conocer como parte de esta naturaleza debe juzgar si está en proporción con ella. La descripción y utilización de los impulsos de la naturaleza no son en ninguna medida un conocimiento "positivo" de la realidad. Tal conocimiento es solo un conocer para hacer, no es de modo alguno un conocer del ser. El positivismo ha prescindido de la pregunta por el ser por estar en incapacidad de resolverla. Es admirable reflexionar sobre la capacidad cognoscitiva del ser humano en tantos ámbitos, y paradójicamente admitir que el hombre reconozca la corrupción de su propia vida y no medite sobre ella. El hombre abandonado a su propio entender y conocer, no quiere admitir que el objeto de su filosofar es la Verdad, como preguntara la filosofía griega, la cual no se conoce como se conoce la realidad, sino que se reconoce, que no se contempla sino que se realiza. Si el filósofo no toma en serio su filosofar sobre la verdad, es decir, si no se compromete existencialmente con la verdad, su papel quedará en simple mercenario de la neéesidad suscitada por la ciencia, como ha sucedido a algunos filósofos contemporáneos hoy ocupados en la bioética. Su trabajo, con la apariencia de un conocer, ha implementado fórmulas matemáticas que cuantifican la "calidad de vida", el grado de satisfacción y el costo que para otros individuos e instituciones significa. En la lógica subjetivista de la libertad comprendida como una libertad de hacer todo, es decir una libertad desarticulada del ser mismo del hombre, se determina cuando si y cuando no debe ser considerado otro individuo como una persona. Bajo el paradigma de la eficiencia, se pretende filosofar al servicio de otros intereses, sin hacer ninguna referencia a la verdad. El sofisma para la bioética en su pregunta por el recto obrar bajo la ausencia de verdad conlleva a mayor oscuridad. ¿Cómo hablar de una ética sin verdad sin naufragar en la perspectiva del subjetivismo? ¿De qué sirve una ética sin verdad? La comprensión que de la ciencia hizo el empirismo inglés, negó la posibilidad de filosofar en la búsqueda de la verdad. ¿Pero qué filosofía puede filosofar negando la posibilidad a la verdad? ¿Cuál será el objeto de su reflexión sino la acción por sí misma en el contexto de la subjetividad? La crisis de la racionalidad manifiesta en el reemplazo de la filosofía por el modelo cognoscitivo de la ciencia, ha oscurecido la pregunta por el ser que Heidegger ha reclamado. La tesis heideggeriana, abre espacio a nuestra pregunta por el deber ser en el plano de una metafísica, que tome en serio el ser y el conocer en el horizonte de la verdad.

La Bioética no podrá ser la búsqueda de razones técnicas, ni de soluciones practicas a los interrogantes del hombre a los que convoca la ciencia. Reducir la bioética a la respuesta práctica de lo lícito a lo ilícito exclusivamente, es naufragar en la pragmaticidad. El deber de ascenso del nivel puramente práctico en donde habita una pseudoética de sentimientos, es una necesidad para la Bioética que hoy nos reune. Abandonar la dimensión pragmatista de la solución, que acude a principios muertos, a esquemas algorítmicos referidos a la solución práctica a modo de receta, o a otros modelos distantes de la verdad prescindiendo de una seria filosofía sobre el hombre, no es el camino para hacer una Bioética del hombre en el horizonte de su fin y su verdadera felicidad. La Bioética de corte pragmático - utilitarista, que acude a la aplicación de los principios de Beauchamp y Childress ha olvidado al hombre como origen y destinatario de toda ética. Vacía de una antropología busca beber en las fuentes de la tradición cristiana el fundamento de su ética. Los movimientos pro-eutanasia de hecho no han sabido qué cosa hacer con el problema moral. Aún en la esfera de la moral personal, se hace evidente un aproximación al problema moral sin una justificación sentimental o situacionista. Si para algunos que se han elegido como el principio y fin de la moralidad bajo el paradigma de la eficiencia y la acción valorada desde la íntima subjetividad, sin ninguna referencia a la verdad, en un contexto puramente práctico no hace falta la filosofía, debe señalarse que este es apenas el principio de su trabajo. Su decisión debe ser justificada seriamente de modo que su discurso ético sea realmente sostenible y no tropiece con el delito civil y moral. Mientras no se manifieste en el plano de la racionalidad que tome en serio el ser del hombre en su origen y destino, y no obedezca a una decisión puramente sentimental, o situacionista no podrá hacerse una verdadera Bioética. Esto será otra disciplina que justifique el papel de la emoción en las decisiones, o quizá una especie de literatura. Una cuestión subyace al problema que el debate actual ha omitido: la gran inquietud que suscita pensar que en el tema de la eutanasia, o aún en general en el tema de los derechos de la persona, puedan simultáneamente y con igual seriedad sostener dos acciones opuestas, de tal modo que en la decisión deban ser entendidas como genuinas y morales y que no sean al mismo tiempo buenas y malas, rectas o equivocadas. La verdad de la filosofía es una verdad que está fundada en el orden del ser, es decir una verdad ontológica que se refleja en la verdad lógica, en cuyo principio de no contradicción fundando metafísicamente, se encuentra una evidencia para la razón y lógica humanas. La justificación a la aceptación vulgarizada de los principios aplicables a la Bioética propuestos por el pragmatismo de Beauchamp, encuentra camino en el horizonte de la conciencia humana. El pensamiento positivo nada puede decir de esta facultad que aprueba intuitivamente los enunciados sugeridos por tales principios. Pero tales principios no requieren de justificación sino de una auténtica fundación que avalaría solamente la Filosofía, entendida como filosofía prima es decir, como Metafísica.

3. LA BIOÉTICA EN LA CRISIS DE LA CULTURA

Podría afirmarse que la crisis de la cultura no plenamente manifiesta por el destello del aporte científico, ya descrita por otros y vivida en el sentimiento que motiva a la llamada post-modernidad, hunde raíces en el hombre contemporáneo, como consecuencia de la ausencia de reflexión sobre su ser, dando lugar a que filosofías hayan reducido el ser del hombre a lo social, a la comunicación, a la especie. Feuerbach refería que el hombre es solo lo que come; tal posición como otras, obedece entre otras razones, a su problema personal con la religión, a la que atribuye a su origen en el egoísmo humano. Para cualquier religión dice, Dios no es más que la esencia del hombre. Tal pensamiento no es ajeno a la bioética contemporánea. El hombre centrado sobre sí mismo, se ha convertido en la medida de todas las cosas, en la medida misma de la moralidad. La idea de libertad en el plano del subjetivismo ha creado los valores, inventado y deformando el bien y el mal, atribuyendo a la decisión personal, o la sinceridad subjetiva, la moralidad de los actos. El juicio de la conciencia es descalificado por atribuir a la cultura el papel veraz de sus enunciados. Se oye decir que cada cuál actúe de acuerdo con su conciencia, pero en realidad, no existe la preocupación por justifica en el plano de la verdad objetiva, la decisión subjetiva. El subjetivismo ha trazado el sentido del valor y la filosofía moral reducida a un simple emotivismo o situacionismo, ha abandonado la responsabilidad de filosofar sobre el acto abstractamente, en una caída a una casuística sin fin.

La negación de la verdad objetiva, niega la posibilidad de filosofar con la aspiración de hallar la verdad objetiva, y todavía peor, niega la posibilidad de filosofar "desde" la verdad objetiva. De este modo el hombre se ha hecho un pequeño dios que atribuye la moralidad a sus actos. Recordando a Ortega, podemos decir que el hombre ha perdido el camino muchas veces. El hombre se ha hecho varias veces un dios débil como consecuencia de su finitud. En la libertad como condena, siguiendo de lejos la línea existencialista que coopera en la crisis subjetivista contemporánea, Sartre ha hecho manifiesto, que el ser del hombre es esta libertad, de la cual el hombre no es libre de ser libre, obligando en consecuencia a este pequeño dios a crear sus valores, y empezar a filosofar, para que el dueño del bien y del mal, el hombre, pueda autorrealizarse en otro lugar diferente de sí mismo, a través del materialismo práctico del consumo. El superhombre contemporáneo, ha denominado al delito como una expresión de su libertad individual, la cual debe ser protegida y reconocida como un propio derecho. Para este propósito se ha valido de la Bioética. Ha puesto a la ciencia a su servicio para que en su lógica de libertad individual el embrión humano deje de ser una persona y atribuyendo el contenido de su dignidad mediante una estética del placer y del querer, el desear de este dios individual ha inventado el bien y el mal.

Heidegger ha referido que la tecnocracia actual nos ha llevado a la voluntad del poder, lo cual supone necesariamente la destrucción del orden moral objetivo. En este propósito necesario deja atrás al pensamiento que funda el valor en el ser, calificarlo de hegemónico y totalitarista, para que la voluntad del superhombre pueda crear el valor y justificarlo a través del placer como fuente de la moralidad. La racionalidad filosófica se ve abandonada a la falsa libertad del subjetivismo y pretende buscar dentro de ella misma la norma de su actuar. La idea de Dios es para las filosofías contemporáneas una intrusión que ciega las posibilidades de la libertad del hombre. A lo sumo es una hipótesis inútil. La muerte de Dios para el superhombre moderno es un objetivo, un hecho por constatar. La experiencia religiosa relegada a la esfera de lo personal, parece no tener espacio en la racionalidad de la postmodernidad.

La racionalidad en el interior de una filosofía que considere a Dios, es calificada de dogmática intolerante, e incluso de totalitaria. En el ámbito público democrático no se afronta la ley en el contexto del problema filosófico del hombre; el inmediatismo como filosofía del actuar con la misma velocidad del progreso tecnológico, hace que tales problemas no sean considerados en sus auténticas dimensiones, dejando el misterio del hombre y el problema de la existencia de Dios a la estrategia equívoca de la votación. La búsqueda de la verdad que inspirara la filosofía ha sido sustituida por la búsqueda de la eficiencia. La filosofía moral ha quedado reducida a la aplicación de unos principios muertos.

El origen de esta crisis se remonta a varios siglos. La pretensión que tuvo la modernidad articulaba en su propósito liberar a la ciencia del control de la moral para poder actuar con mayor libertad. Los empiristas ingleses cooperaron en el olvido de la pregunta por el hombre, postulando el relativismo frente a la verdad. Bentham señala que lo bueno era lo que agradaba a la mayoría. Esta superficialidad en el orden de la filosofía, tuvo eco años después. El pensamiento de Kant dejó en entredicho a la metafísica al trazar los límites a la razón. En el lenguaje kantiano el término metafísica tiene al menos dos significados  uno en los escritos llamados precríticos correspondiente al significado clásico de indagación sobre Dios (o teología racional) y otro del llamado período "crítico" (cuando Kant madura el convencimiento de que la existencia de Dios es algo incognoscible, es decir que el hombre solo puede "postular" la existencia de Dios). La exigencia de la obra de Kant, expresada en el título de su obra, ("Kritik der reinen Vernünft") indica la reflexión sobre la parte racional de nuestro conocer, es decir aquella que tiene un significado a priori de la experiencia empírica. Aquí el término tiene un significado gnoseológico antes que lo ontológico. Kant quiere criticar una razón condicionada por la psicología empírica. Los motivos morales deben valer a priori, para todos los seres racionales. Una pobre teoría moral pretenderá fundar a través de la "metafísica de las costumbres": la aspiración de investigar el principio supremo de la moralidad.

El valor de la filosofía kantiana está en haber postulado la necesidad racional no empírica, de reconocer el valor moral como principio de obligación con un valor no sólo para todos los hombres sino para todo ser racional. Tal pretensión aunque limitada por la imposibilidad de conocer la verdad, emanada del interior de su propia crítica a la razón, permanecía en la línea de la filosofía moral a pesar de sus grandes limitaciones y sus imprevisibles negativas consecuencias en el mundo del pensamiento. Kant funda la moral sobre el deber, pues fundar la moral sobre la idea de la felicidad, haría de la moral algo intencionado. Sin embargo, el problema de la moral no plenamente resuelto por Kant, es en verdad un problema serio para su filosofía, al punto de que acude a la religión para justificar la moral. Dios sería una especie de policía celeste que justificaría su moral fundada en el deber.

Lo que debe pretenderse es verificar si las teorías de la moralidad están en pie en el horizonte de la bioética. La versión de los modelos postulados por la filosofía debe ser un trabajo de filósofos, antes que de científicos. La comunidad científica, en el retraso de la filosofía ha asumido la responsabilidad de determinar la moralidad de los actos. La Bioética de Potter, nació, no con la pretensión que la enciclopedia de bioética definió en su primera edición la Bioética "como la disciplina que estudiaba la conducta del hombre en el ámbito de la ciencia y de la vida a la luz de principios éticos". (La segunda y última edición ha modificado su definición oponiendo los principios éticos a la pluralidad de comprensiones de la moral, definiéndola como un estudio sistemático que utiliza varias metodologías éticas con una impostación interdisciplinaria). Potter reclamaba en su libro Bridge to the Future la preocupación por una disciplina que se ocupara de la protección de la humanidad ante los peligros inminentes proporcionados por el desarrollo de la ciencia, ya que no bastaba la ética tradicional para garantizar la supervivencia del género humano. Se trataba en principio de una ciencia de la supervivencia. De esta manera la bioética nace como nace la pregunta por la instancia aplicativa de la ciencia y la pregunta por el hombre pasa a manos de la ciencia, quien determina bajo el imperio ideológico del momento y de la historia precedente, el contenido de los modelos bioéticos contemporáneos.

El pensamiento sociobiologista con el modelo científico predominante define al hombre como una especie en evolución, cuya moral evolutiva también debe superar la vieja moral, para instaurar la moral del superhombre contemporáneo, empeñado en la mejora del género humano mediante la aplicación de la FIVET y el proyecto genoma. Este es el camino que ha generado el conflicto que encarna la bioética en la encrucijada de la autonomía.

Para terminar, se hace indispensable señalar que la incomprensión que se ha hecho en materia de derecho ha acentuado la gravedad de la crisis. De forma inadecuada se ha identificado la ley con la Justicia. Sin embargo debe subrayarse cuál es la función del Estado de cara a los problemas bioéticos: el Estado está llamado a garantizar la justicia entre los individuos, no a instituida mucho menos a reflexionar sobre ellos desde la perspectiva de la filosofía. Los fallos de las cortes deben ser comprendidos no como la solución a los problemas bioéticos, sino sencillamente como una resolución práctica, equivalente a la que sucede en ámbito clínico, que aspira a la Justicia como un fin, pero sin ningún carácter de verdad en el ámbito de la filosofía moral. Tal confusión ha generado un problema equivalente al enunciado al inicio de esta conferencia, según el cual el ser del hombre, la Justicia y la Verdad, han quedado en manos de las ciencias positivas, desinteresadas por la verdad y necesitadas de soluciones prácticas y veloces, en razón al retraso de la filosofía.

Bajo este panorama conceptual e histórico de la filosofía, la ciencia y la filosofía moral sobrevive la Bioética. En medio de las circunstancias propias de nuestro momento histórico. Todo queda por hacer. Debe entonces empezarse una nueva era para la Bioética. Para este propósito, deseo subrayar, que si no se toma en serio a la filosofía no será posible hacer bioética, libre de los contenidos escasos e interesados del pragmatismo utilitarista, que hoy se pretende como modelo predominante en la resolución de los problemas suscitados al interior de la Bioética. Es necesario comprometerse con la verdad antes que con la eficiencia y restituir el valor de la reflexión moral dentro del marco de la filosofía como guía en la resolución práctica de nuestros problemas.

BIBLIOGRAFÍA

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11. Sartre, Jean Paul, El ser y la nada, Losada, Argentina. 1980.
12. Encylopedia of Bioethics, Oxford University Press, 1978. Última edición 1995.

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