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NO LO HAGAS: YO YA PASÉ POR ESO

Actualmente tengo 20 años. Cuando tenia 18 me invitaron a una finca para la celebración de unos quince años, me fui con una tía y mi primo de tres años. Estuvimos bailando y disfrutando con los demás invitados, después de unas horas mi tía y mi primo se fueron a dormir yo me quede bailando. Cuando se me acercó un joven y me brindó un trago, yo se lo recibí. Después de eso perdí el conocimiento.

Me contaron que a las siete de la mañana me estaban buscando mi tía y otros habitantes de la región, nadie daba razón de mí. Transcurrió una hora, una señora me encontró en uno de los prados de la finca. Yo sentía que me llamaban, pero estaba entre dormida; cuando reaccioné le pregunté desesperada a la señora que dónde estaba y ella lo que decía era “¿quién la trajo?” “¿qué le hicieron?”

En ese instante me di cuenta que habían abusado de mi pues estaba maltratada y adolorida. La señora me llevó para donde estaba esperándome mi tía. Ella cuando me vio me abrazó, yo empecé a llorar y le conté lo último de lo que me acordaba. De ahí regresamos a Medellín, ella insistía que me hiciera exámenes y entablara una demanda contra los jóvenes, pero yo no quise.

Con el tiempo yo me fui recuperando del alma, aunque eso no se olvida. Al pasar dos meses me sentía con nauseas, sueño, sin ganas de comer y con muchas ojeras. Yo presentía un embarazo pero me hacía la idea de que no era, pero los síntomas cada vez eran mayores. Entonces fue donde decidí hacerme una prueba de embarazo, la cual fue positiva.

Ese día me quería morir y pensé que si no quería tener ese bebito, no tenía porque hacerlo. Recurrí a varias partes hasta que encontré una farmacia en la que me vendieron cinco pastillas y me las tomé esa misma noche. A las cinco de la mañana sentí un dolorcito en el vientre, fui al baño y sangré un poco.

Yo pensé que ya había pasado todo, pero al ver que los síntomas continuaban entonces decidí hacerme una ecografía que reportó que aún estaba embarazada y que tenía 7 semanas. Entonces volví a la farmacia y el señor me dijo que me podían hacer un curetaje, que lo hacía un ginecólogo y valía $500.000,oo. Le dije que sí, él lo llamó y me dio una dirección.

Al día siguiente fui, me dieron un analgésico, entré a la habitación y vi la camilla y abajo una mesa con varias pinzas. ¡Casi me devuelvo!; sin embargo, continué. Él me abrió con una de las pinzas, la dejo allí y luego introdujo otras dos, yo sentía que el mundo se me iba y pensaba que podía morir, me sentía débil sin poder aguantar más, hasta que me dijo “ya pasó”. Sentí un gran vacío y comencé a llorar pero me pregunte: ¿por qué lloro si yo lo decidí?

¡Soy una hipócrita!, ¡soy una asesina! Eso soy porque le quité la vida a un bebito que no tenía la culpa de lo que me había pasado, tampoco yo tenía la culpa, pero así pasó y el último que debía pagar los platos rotos era él.

Mi familia nunca lo supo. Yo me arrepiento de lo que hice y nunca lo volveré a hacer. Muchas veces sueño con ese bebito y me culpo por no haberlo dejado vivir.

Les digo a todas las mujeres: nunca se les ocurra hacerlo, la culpa es grande y te mortifica todo el tiempo.

Anónimo.

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