EL RETO DE APRECIAR LA VIDA HUMANA

 

Durante el año 2007 los líderes de las naciones industrializadas prepararon la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, en Bali (Indonesia), con base en tres informes [1] emanados del Grupo Intergubernamental de la ONU, que fueron dados a conocer en el primer semestre en el llamado Día de la Tierra. A pesar de los informes técnicos, las negociaciones para lograr un acuerdo sobre la disminución de emisión de gases liberados a la atmósfera estuvieron polarizadas por dos bloques, conformados por los países más “afectados” por el tema: un primer bloque, constituido por EE.UU., Rusia y Japón, frente a otro grupo de países, conocido como Los Setenta y Siete más China, liderados por la Unión Europea, donde se contaron muchos países en vías de desarrollo.

La Unión Europea, de manera unilateral, se había puesto el compromiso de reducir en 20%, para el 2020, la emisión de gases nocivos y esperaba que en Bali se establecieran compromisos planetarios en el mismo sentido, e incluso se llegara a un porcentaje más generoso. El otro bloque proponía que cada país estableciera compromisos solo voluntarios y de ninguna manera vinculantes. Finalmente, EE.UU., con un “espíritu constructivo” sin precedentes en estos temas, aceptó sumarse a la Hoja de Ruta de Bali, que contiene los lineamientos de las negociaciones que el año entrante tendrán que emprenderse para concluir en 2009, en Copenhague, con la redacción de un nuevo documento que sustituya el Protocolo de Kyoto, hasta ahora vigente [2].

Podría parecer que en el centro de la preocupación por el bienestar global, por el equilibrio del ecosistema, no se encontrara la búsqueda de las mejores condiciones para que la vida del ser humano sobre la tierra siga siendo posible, sino que otros intereses son prioritarios y que todo lo demás debería estar en función de ellos, y no a la inversa. Frente a realidades como esta, poco a poco, en la vida nacional –y también en el contexto internacional– van tomando cuerpo mecanismos de evasión: la indiferencia, la amnesia, el acostumbramiento... Parecería que la sociedad actual está permitiendo que, por ósmosis, sus componentes se estén saturando por una mentalidad que podría resumirse con la triste frase atribuida a Stalin: “Un muerto es una tragedia; varios, una estadística”.

Los mencionados mecanismos de evasión surgen cuando los recursos para enfrentar la realidad tienen fallas, cuando funcionan inadecuadamente. Los seres humanos podemos tener conciencia de nosotros mismos, de la realidad, y somos capaces de adaptar y transformar esa realidad para poder vivirla, o de subvertir su apreciación, cuando ella se torna hostil o al menos comprometedora, para así adoptar una postura más cómoda o más impersonal: captar la realidad no como es, sino como quisiéramos que fuera. Y muchas veces el reducir la realidad a categorías prioritariamente personales –cuando no egoístas– lleva consigo una notable disminución del aprecio por las vidas humanas distintas a la propia.

Curiosamente, aquello que nos caracteriza como humanos lo sabemos emplear bien frente a realidades como el sufrimiento de otros seres vivos –de los animales, por ejemplo–, el creciente deterioro del medio ambiente, etc. Pero la misma capacidad se muestra insuficiente y corta cuando esa realidad es la propia o la de un semejante. Los sentimientos, en este caso, pasan por sobre la racionalidad y son los rectores de las respuestas que “sabemos” dar a los diferentes problemas propios de vivir la vida. El oscurecimiento racional en el aprecio1 por la vida de la persona humana puede estribar en la infravaloración que hacemos de ella, pues la consideramos de hecho como un valor de segunda categoría y dudamos de que sea un bien para su titular.

La vida humana es valiosa porque la persona humana en sí misma lo es. Pero vivimos con el cercano riesgo de no captar ese valor, pues nos cuesta percibir que una nota que caracteriza a toda persona humana es la dignidad. Y como es laborioso dejar la abstracción del concepto y captarlo encarnado en las personas individuales, buscamos la línea del menor esfuerzo: negar la dignidad o al menos actuar prescindiendo de ella. El asunto se agrava porque, además de actuar al margen de esa nota característica de la persona humana, muchas veces pretendemos asignarle un determinado valor a esta, sobre la base de apreciaciones demasiado subjetivas o contaminadas de criterios mercantiles, cientificistas o seudocientíficos, cuando no politiqueros. La tendencia actual podría resumirse así: la vida humana vale lo que nosotros queramos que valga.

Esta afirmación puede entenderse en uno u otro sentido, dependiendo también de quiénes seamos “nosotros”. El relativismo que puede encerrar es grande, pues el “nosotros” puede corresponder a lo que diga la opinión pública o quienes la manejan e influyen; a lo que sea política de Estado o de partido político; a lo que exprese o “sienta” la mayoría; a lo que está de moda en el concierto internacional; a lo que se acuerde en un amplio consenso, etc. Y hay que repetir que la vida humana es valiosa porque la persona humana lo es; con un valor inconmensurable, que la hace intangible: no se puede manipular sin correr el grave peligro de lesionar su dignidad. Este valor es independiente de las variadas y –muchas veces– contradictorias circunstancias e inexplicables accidentes y contingencias a los que la persona humana está sujeta.

Realidades como el aborto, la eutanasia, la experimentación y clonación de embriones, etc., siguen generando polémicas en los ámbitos parlamentarios de gobiernos democráticos, pero también fuera de ellos. Casi siempre esos temas han estado presentes previamente en los medios masivos de comunicación, donde muchas veces no se encuentra la ponderación necesaria para analizarlos, y cuyo tratamiento se ve sujeto a la superficialidad, cuando no a la ideologización, impidiendo hacerse una idea adecuada del fondo de los problemas. Las consecuencias en la opinión pública son diversas, muchas veces contradictorias: despreocupación por los temas, debida a la saturación de información; radicalización de las posturas; presiones indebidas sobre el legislador; distorsión en captar esas realidades, principalmente desconociendo sus causas y quedándose sólo con las consecuencias2, etc. Y es necesario afirmar que no caben posiciones tibias frente a hechos tan radicalmente comprometedores.

No todo se puede tolerar: hay acciones que por sí mismas vulneran lo más preciado. Cuando va de por medio la renuncia de una de las características propias de la persona humana (su humanidad), es necesario desprenderse de opiniones más o menos autorizadas, pero erróneas o que inducen al error; del resultado de encuestas que solo reflejan parcialmente más sentires y gustos, pero que de saberes y convicciones muestran muy poco. Hay que buscar apoyarse en principios objetivos para salir de la arbitrariedad a la que conduce la ignorancia. La vida humana vale lo que nosotros queramos que valga, se afirmaba unas líneas atrás. La vida humana es un valor fundamental y hay que tener valor para vivirla y para defenderla, más en los actuales momentos donde parecería que nada vale o que se tasa por dinero, por conveniencias, por “necesidades” científicas, por urgencias de solucionar problemas de salud pública.

Algo está fallando cuando el desarrollo científico lleva al hombre que hace ciencia a oscuras aporías y a quien recibe de ella sus beneficios –o sus efectos perversos, que también los tiene–, a perplejidades y desconfianzas, y a unos y otros, a plantearse unas aparentes disyuntivas en el terreno ético. Pero muchas veces ni siquiera es posible que se plantee la pregunta ética, pues las conciencias parecen como deslumbradas o narcotizadas por los avances científicos en los que muy difícilmente es posible apreciar finalidades. Pero además se da otra consecuencia: cuando el hombre hace ciencia no solo transforma la naturaleza y la acomoda a él, sino que en el proceso se transforma él mismo, haciéndose objeto de esa transformación, materia plástica remodelable, deconstruible y, en el fondo, manipulable [3].

La ciencia, cuando es verdadera, cuando busca conocimientos ciertos, lejos de ocasionar daño al hombre y a su entorno, suscita un gran respeto por la criatura que es su causa, por la dignidad de la que es titular; su acción consciente nunca debería entrañar daño a quienes ha de servir: la ciencia, cuando es verdadera, sirve al hombre, no se sirve de él. Cuando pasa lo contrario nos encontramos con el cientificismo muy bien caracterizado por Artigas:

El cientificismo se ha desarrollado del modo siguiente. Primero se afirmó que la ciencia moderna venía a sustituir a la antigua filosofía natural. Después se pensó que la nueva ciencia era capaz de solucionar todos los problemas por sí sola, y se acabó afirmando que las demás pretensiones cognoscitivas carecían de sentido. Finalmente, al advertir que la ciencia encuentra muchos límites y progresa gracias a la utilización de construcciones convencionales, se ha generalizado un relativismo que se aplica a la ciencia en primer lugar, pero se extiende a continuación a todo el conocimiento humano [4].

Uno de los escenarios donde se presenta el encuentro entre la ciencia y la persona humana es la Unidad de Cuidado Intensivo (UCI). Allí es determinante el reconocimiento que se sepa hacer de la dignidad del otro, cuando se encuentra en un estado de especial vulnerabilidad. Glosando el título de uno de los artículos del presente número, se puede afirmar que el paso por una UCI neonatal es un momento clave para humanizar, para que esa ciencia de la que hace gala el personal de salud se muestre con un rostro humano: un servicio entre semejantes.

En otro de los artículos se aborda el tema de la Psicocirugía, su evolución desde la leucotomía frontal hasta las actuales técnicas, más sectorizadas, sus implicaciones y su aplicabilidad, todo desde la perspectiva que aporta la Bioética.

La relación entre el agente de salud y el paciente es abordada desde uno de los factores que no puede dejarse al margen de esta particular alianza. Y es que la concepción que se tenga del trato y dependencia con la trascendencia, el elemento ético-religioso, puede convertirse en un elemento clave para la buena marcha de esa relación, por el respeto que demanda y por el recurso que ofrece, cuando se hace necesario encontrar sentido a situaciones que parecen carecer por completo de él.

Otros dos campos en los que se presenta el reto de apreciar la vida humana son la neutralidad en la terapéutica psicológica y la actitud de los profesionales de la salud frente a un semejante que padece dolor. Aunque la autora del primer tema afirme que con su trabajo no se responde la pregunta que da origen al artículo –¿es posible la neutralidad en la terapia psicológica?– se puede asegurar que sus aportes para dar luces sobre el particular son sumamente valiosos, apoyados en una juiciosa reflexión hecha a partir de la Bioética.

El dolor y el sufrimiento son realidades constantes en la vida de las personas, aunque no por ese hecho dejen de tener un trasfondo importante de misterio. Las líneas que sobre este tema se ofrecen tienen una particularidad muy especial: son materia de reflexión también desde la perspectiva del profesional de la salud, como sujeto de dolor y sufrimiento: son realidades que también se presentan en quien tiene como misión no solo ayudar a mitigarlos, sino además a encontrarles sentido, cuando los recursos técnicos impiden hacerlos desaparecer3.

La Revista Persona y Bioética es consciente de su tarea de contribuir al desarrollo científico del país a través de la investigación; teniendo en cuenta la recomendación que en su momento hiciera la llamada Misión de Sabios, una de las estrategias es “la formación de los recursos humanos para la investigación” [5]. La Misión propuso pasar de 4.500 investigadores (en 1993), a 36.000. En esta tarea es muy importante cuidar los primeros pasos de los futuros investigadores para que desde el primer momento, además del empeño por prepararse con gran competencia profesional, tengan siempre presente la dimensión ética de su quehacer; pero además la necesidad de adecuar la búsqueda y posterior posesión de la verdad con la necesaria coherencia de vida, que se hace imprescindible cuando esa verdad es auténticamente poseída, a través del imperativo ético que ha de regir la conducta y prescribir deberes prácticos acerca de cómo hay que hacer las cosas para que estas resulten bien, para que den la talla que la dignidad de la persona humana exige.

Es por esto que nuestros lectores encontrarán una nueva sección en la revista: Jóvenes investigadores. Con ella nos proponemos ofrecer a los docentes y los estudiantes que hacen parte de los semilleros de investigación una ventana para mostrar los resultados de sus trabajos, que se constituya en un incentivo más para su importante labor. Bien sabemos que los trabajos que allí se publiquen podrán tener algunas limitaciones, pero en su concepción y método se ciñen a las pautas establecidas; sin embargo, lo más importante es ayudar a consolidar en esos semilleros de investigación, principalmente en sus integrantes, aquella dimensión interna que les permitirá tener un fuerte compromiso para propender por el bien de los pacientes y evitar el daño a los sujetos sobre los cuales se realiza la investigación [6]. En esta ocasión presentamos un trabajo elaborado bajo las indicaciones del profesor Andrés Salazar A. sobre embarazo en adolescentes.

Con estos contenidos, la revista Persona y Bioética continúa en su tarea de fomentar el crecimiento del saber y de priorizar “la búsqueda de soluciones a los problemas que vulneran en mayor grado la defensa de la vida y de la dignidad humana” [7]. Dentro de esa tarea estará siempre la reflexión crítica, que muestra cómo la ciencia también tiene sus límites y que es tarea de la Bioética ayudarle a descubrirlos y superarlos.

Karl Popper denunciaba la pretensión de la ciencia de querer adscribirse siempre la razón y la necesidad de que quien hace ciencia tenga siempre inquietud de indagación y capacidad de hacerse preguntas, más allá de las mismas preguntas de investigación:

El antiguo ideal científico de la episteme4–de un conocimiento absolutamente seguro y demostrable– ha mostrado ser un ídolo. La petición de objetividad científica hace inevitable que todo enunciado científico sea provisional para siempre: sin duda cabe corroborarlo, pero toda corroboración es relativa a otros enunciados que son, a su vez, provisionales. [...] La opinión equivocada de la ciencia se delata en su pretensión de tener razón: pues lo que hace a un hombre de ciencia no es su posesión del conocimiento, de la verdad irrefutable, sino su indagación de la verdad persistente y temerariamente crítica [8].

Un buen camino para reorientar la ciencia, hacerla de paso más humana y asegurar una conducta ética de la investigación [9] es el aprecio incondicional por la vida, por la vida personal. Cuando nos acostumbremos a pensar así, tal vez nos dediquemos con un celo más racional a la apasionante tarea de defender la vida, de procurar su bien y de motivar su promoción.

 

Gilberto A. Gamboa Bernal
gilberto.gamboa@unisabana.edu.co


1 En este escrito se utiliza el verbo apreciar en su acepción de reconocer y estimar el valor de la vida, de la persona humana y no en el sentido de ponerle precio o tasa, pues la vida humana no los tiene: es invaluable; no tiene precio, es dignidad.

2 La responsabilidad de los medios de comunicación es notable en estos temas, pues pueden contribuir a establecer en la opinión pública éticas solo subjetivas, proporcionalistas, consecuencialistas y relativistas; o llevarla a asumir la postura reflexiva, pero dinámica, positiva, esperanzadora y optimista, que proporciona toda ética objetiva.

3 Hay que tener en cuenta que por el avance de la terapia antálgica, mediante la cual hoy es posible controlar un altísimo porcentaje –casi la totalidad– de dolores severos, no se eliminan esas otras irrenunciables tareas del personal de salud: acompañar al que sufre y ayudar a encontrarle sentido a su situación.

4 Los griegos llamaban a la ciencia episteme, que incluía tanto lo que llamamos física como lo que llamamos filosofía de la naturaleza. Los latinos la llamaron scientia.


REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

 

1. http://unfccc.int/portal_espanol/items/3980.php

2. http://www.elmundo.es/elmundo/2007/12/15/ciencia/1197703306.html

3. Rovaletti ML. La odisea de la especie: el porvenir lejano de la humanidad. Acta Bioethica. 2005; 11(1):77-84.

4. Artigas M. El hombre a la luz de la ciencia. Madrid: Palabra; 1992. p. 38.

5. VV.AA. Misión Ciencia, Educación y Desarrollo. Santa Fe de Bogotá: Presidencia de la República, Colciencias; 1996. t. I. p. 216.

6. Drane J. La Ética como carácter y la investigación médica. Acta Bioethicatica. 2004; 10(1):17-25.

7. Misión de la Revista Persona y Bioética. http://personaybioetica. unisabana.edu.co/index.php/personaybioetica/about

8. Popper K. La lógica de la investigación científica. Madrid: Tecnos; 1994. p. 261.

9. Rodríguez, E. Cultura ética e investigación en salud. Acta Bioethica. 2005; 11(1):11-21.