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BIOÉTICA DEL CONSUELO


JOSÉ LUIS DEL BARCO

Universidad de Málaga (España). Departamento de Filosofía.


Qué hacer cuando todo acaba? Se aproxima ya el final y carecemos de ciencia para afrontar con criterio el desenlace postrero. Ya se extingue la candela, esa chispa de la vida que dio luz a una persona en su paso por la tierra, y nos sentimos perplejos. No sabemos qué decir y nos quedamos mirando con los ojos extrañados. Plantados ante el epílogo de la epopeya vital, no despegamos la boca. ¿Dónde quedó la sapiencia que nos permitía zanjar los problemas de la tierra? "El grito deja en el viento una sombra de ciprés // Todo se ha roto en el mundo // No queda más que silencio". ¿Sólo grito desolado envuelto en soplos del aire deja la vida fugaz como triste despedida? ¿Es la sombra del ciprés, "espectro de una llamada muerta", árbol de los cementerios, divisa de lo sombrío, el regazo irrevocable donde afluye la existencia? ¿Ruina, fracaso y silencio, aguarda en la conclusión a "nuestras pequeñas vidas vanidosas y anónimas"?(1). La existencia es vulnerable. "Cuán frágil, cuán mísera, cuán vana". Así ha expresado el poeta la flaqueza de la vida. (¿Por qué dirían los poetas las verdades inefables?). Pero ahí no acaba todo. Tras la vida está la Vida. Y entre las dos el consuelo. La medicina ha observado con fervor humanitario el principio del consuelo al enfermo desahuciado a lo largo de los tiempos. "Primero curar y, si no es posible, al menos aliviar y siempre consolar". Bálsamo, consolación, sosiego, mitigación: ésa es la bioética de los últimos momentos.

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La mar es consoladora de las fatigas del alma. La mirada detenida sobre su suelo en bonanza calma la asfixia del pecho. La mala mar encrespada, cuando las olas levantan murallas escaroladas y los fuertes vientos tejen un griterío enloquecido, amansa por ser sublime. Su excelsitud pone a prueba nuestra flaqueza sensible y elogia a nuestra razón. Nos humilla y nos ensalza. La mar rasa y descampada, abierta de par en par, es un elixir poético. Sus detalles marineros -las mareas y las resacas, el lenguaje indescifrable entre la arena y el agua, los golpes contra las rocas, la fosforescencia plata de las puntas de las olas, los cantiles centinelas indagando el horizonte como jefes de la mar, la espuma blanca de sal- cambian las horas trilladas en eternidad poética. La belleza de la mar da al tiempo una arquitectura amable y hospitalaria. Más que sucesión frenética parece una larga pausa con visos de eternidad. Por ser capaz de instalarnos en un ámbito poético, por cuyas rendijas breves el hombre atisba lo eterno, la mar es consoladora. ¿Vamos nosotros los hombres, los sujetos personales, a ser menos que la mar, realidad inanimada que ignora el bien que reparte, cerrándonos al consuelo?.

Consolar viene de solus. La etimología latina nos señala claramente a quién hay que consolar. Al solo, al abandonado, al huérfano, al desamparado, al aislado, al alma en pena. La soledad hiere el alma de los seres personales. Para el ser que es coexistencia, la ausencia de compañía, la falta de otra persona con quien poder compartir las alegrías y las penas, es como la muerte en vida. Se consuela a la persona. Por aquí se ve de nuevo que el pilar de la bioética son los seres personales (2). Unas veces consolar es ayudar a otro hombre a sobrellevar su duelo y a soportar su disgusto. Así conforta al cuitado: fortaleciendo su espíritu para que recobre el ánimo y resista los obstáculos. Hay veces en que el consuelo mitiga el dolor ajeno. Aliviar al que padece, mitigar sus ansiedades, suavizar su sufrimiento, hacer menor su dolencia, son obras consoladoras. El consuelo es el cobijo donde se resguarda el hombre prisionero de la angustia para recibir sosiego. Es albergue del doliente. El consolador actúa de piadoso Cirineo que carga el dolor a cuestas del hombre desventurado. En todas las circunstancias endulza, anima, palía. Es como paño de lágrimas que cubre amorosamente la desolación de un hombre.

¿Hay alguna situación en la que el consuelo sea un deber indiscutible? ¿Cuándo es mandato de amor? Proporcionar asistencia para que el otro resista con más suavidad su llanto es obligatorio siempre. Pero, cuando la muerte está cerca, en el momento supremo de la marcha a la otra orilla, cuando la Parca se acerca con el atuendo preciso para el último viaje, es el primer mandamiento de la medicina tierna, benigna y humanitaria que no haya perdido el norte de la dignidad humana. La cercanía de la muerte, cuando la terapia es fútil, es la ocasión del consuelo. Cuando la persona expira y se encuentra moribunda en el lecho del dolor, el fármaco es el alivio. Para cumplir la tarea se ha creado en nuestros días una especialidad médica dedicada a consolar: la Medicina Paliativa (3).

No es por desgracia el consuelo el trato que el moribundo recibe en todos los casos. La técnica biomédica ha abierto en la actualidad nuevas posibilidades de cuidar al que agoniza. Pero también han surgido amenazas truculentas en los instantes finales de la vida que declina. La ambigüedad de la técnica, que pone de manifiesto que sin moral está ciega y se mueve entre penumbras sin un timonel curtido que le señale el camino, resalta trágicamente en la existencia que expira. Enfrentarse con la muerte se ha convertido hoy por hoy en un agudo dilema que divide a la bioética. Es asunto delicado que hace aflorar la distancia entre ideas incompatibles sobre la vida y el hombre. Las grandes cosmovisiones, que el pensador postmoderno, de mente un poco achacosa para un pensar de altos vuelos, considera terminadas en los tiempos fragmentarios del apogeo del plural, reaparecen reciamente, como embestidas del mar contra el costado del buque, cuando estamos frente a un ser que exhala el postrer suspiro. "Los vertiginosos ojos claros de la muerte" ponen en danza los juicios y las creencias más hondas. La muerte no admite quiebros ni regates ni evasivas. Ante ella emergen sin veto las convicciones recónditas empozadas en el alma. Desnudas y sin tapujos, perciben sus diferencias y se enzarzan en disputas. Las disensiones frecuentes entre escuelas bioéticas son aquí más encendidas. En los remedios que ofrecen para auxiliar al que expira, que van desde la eutanasia hasta el encarnizamiento, o empecinarse en curar al que ya no tiene cura, se aprecia cuándo se cree que el ser humano es persona, ser irrepetible y único dotado de un atributo sagrado e inviolable que se llama dignidad, y cuándo se considera que es un pedazo de cosmos, una piedra en el camino que el caminante echa a un lado para evitar que le estorbe, o un mono con mucha suerte en la historia evolutiva con el que cualquier acción, menos el acto cruel que disfruta con la sangre y produciendo dolor, es legítima y conforme.

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Ante la muerte severa se puede cerrar los ojos. Hayal menos dos maneras de mirar hacia otro lado. La primera es ignorada. Guardando denso silencio sobre la última hora, nos hacemos la ilusión de que la hemos conjurado. Esta actitud distraída, para no afrontar en serio su ineludible presencia, es hoy muy habitual. La muerte es la marginada de la sociedad moderna. La conversación amena guarda completa reserva sobre su venida cierta. La diversión se acelera -se aviva, aprieta y alarga- como si fuera impulsada por un arrebato lúdico hasta producir mareo y así no pensar en ella. La cultura de la prisa no permite tiempo libre para enfrascarse abstraído en la meditatio mortis. La ideología utilitaria la aparta púdicamente del escenario social y la esconde con sigilo en tanatorios asépticos donde no quiebre la calma de la vida familiar ni obstaculice la marcha del desarrollo económico. Para la ética hedónica la muerte es un acto obsceno. Rompe la parranda crónica y el imperio del disfrute. Hay que quitada de en medio con la algarabía aturdida a que hoy se reduce a veces la idea de felicidad. La angustia tanatofóbica se remedia con el ruido. Levantando más la voz no se oye la de la muerte. Para evitar que interrumpa la persecución voraz del regodeo hedonista, lo mejor es ignorada. Cuando pensamos en ella estropeamos la fiesta. "Los hombres, al no haber podido remediar la muerte, la miseria, la ignorancia, se han puesto de acuerdo, para ser felices, en no pensar en ella" (4). La civilización banal, en que se presenta al público como objeto de consumo la entrañable intimidad, la corporal y la psíquica, no hay más acto pornográfico que hablar de la muerte en alto. Por eso debe esconderse como un incidente obsceno. "Morirse", escribe Allué, "es un tránsito, un proceso de separación, una transformación profunda del individuo que debe esconderse y aún aseptizarse por el horror que llega a producir" (5). En estos tiempos de vértigo en que el hombre vive al día, exprimiendo los segundos con furia desesperada para evitar que se escapen sin su aporte de placer, la muerte es algo indecente que no se debe nombrar. Hay que hacerse el distraído. Vivir dándole la espalda como una cosa de fábula que no existe realmente.

La segunda forma necia de enfrentarse con la muerte es considerarla un "fallo" que se puede solventar con ayuda de la técnica. La tendencia a imaginar que la medicina es un remedio omnipotente se ha dado en todas las épocas. En la oración de Maimónides se invita a no sucumbir a esa perniciosa idea. "Aleja de mí, ¡oh Dios!, la idea de que lo puedo todo". En la era de la técnica, de ingenios robotizados y artefactos telemáticos para explorar los rincones del espacio sideral, renace con nueva fuerza la fantasía extravagante de derrotar a la muerte con argucias tecnológicas. En la conciencia moderna se encuentra muy arraigada la idea de que el hombre puede efectuar lo imposible. Las sucesivas conquistas refuerzan esta creencia. Tan sólo queda la muerte para realizar el sueño de la omnipotencia técnica. Encontrar una manera de vencerla para siempre es el nuevo empeño faústico. El primer paso consiste en no aceptar el dolor, la enfermedad y la muerte. Marcuse lo ha visto claro. "Die blosse Voraussicht des unvermeidlichen Endes, die jedem Augenblick gegenwärtig ist, muss in alle libodinösen Beziehungen ein regresivess Element bringen und die Lust leidvoll machen" (6). El nuevo fin fantaseado por la medicina hinchada con aires omnipotentes es acabar con la plaga que nos estropee la fiesta. Los hospitales modernos se diseñan hoy en día como estructuras científicas y sistemas tecnológicos para derrotar la muerte. Se organizan como centros con poder omnipotente. Ni la renuncia al empleo de tecnología compleja, que supondría confesar que su un poder no es total, ni la contingencia lógica de que irrumpa el sentimiento de derrota y desamparo frente al muerte imperiosa, son pronósticos previstos de manera estructural. En estas dos concepciones no hay lugar para el consuelo. Después expondré por qué. Ahora diré agradecido cuánto bien hace a la vida una acción consoladora.

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En la mañana otoñal domina el ambiente gris. Todo asoma deslucido oculto tras el celaje de la neblina albicana. El perfil de los objetos no tiene la nitidez de los días luminosos que delinean las siluetas sobre el lienzo azul del cielo con contornos bien trazados. El eucalipto gigante delante de mi ventana, cuyas hojas de guadaña he remirado una a una, parece un fantasma helado sin figura definida. El aspecto familiar de este coloso empinado, con el que cruzo a diario tantas miradas perdidas, se ha desleído en la niebla. Los edificios vecinos son también algo irreal. Envueltos en la calígine muestran sólo miembros sueltos de su arquitectura entera. Son desvaríos de sí mismos. y la mar, tan bullidora, canta un nocturno de día con notas alicaídas. Yo me siento desterrado en un escenario íntimo: como apartado del medio que la niebla ha deformado hasta hacerlo extravagante. En un rincón del jardín al abrigo de la niebla, flores blancas renacidas con la llovizna suave desafían tanta rareza con su presencia de siempre. Son los galanes de día, que restauran la medida con el acto de piedad de derramar su hermosura. La normalidad regresa al escenario otoñal con una acción de consuelo cumplida por una flor y su belleza nevada. La consolación estética de una flor en el jardín, cuyo alivio es naderia comparado con el bálsamo que deparan las personas, produce una reacción de consuelos en cadena. El consuelo crea consuelo. Ahora percibo también el perfume de la rosa sahumando la mañana. Los rosales trepadores, aspados sobre el tapial, parecen crucificados. Aprovechan la humedad de la mañana sombría para redimir el aire con su belleza encarnada. Ahora veo el jardín de siempre y me siento protegido. Vuelvo al hogar familiar gracias al acto de aliento, exclusivamente estético, de unos galanes de día y de un rosal trepador.

Las concepciones teóricas que acabo de examinar unas líneas más arriba no dejan ningún resquicio para actos consoladores. Hacerse el desentendido para ignorar vanamente la presencia de la muerte, además de no aliviar, intensifica el dolor del enfermo moribundo. La civilización moderna es maestra consumada en mirar de refilón para no ver lo innegable. El artista penetrante, adelantado a su época, con ojos escrutadores para ver el porvenir, ha previsto esta actitud -frívola, falaz, tramposa- y la ha descrito con su arte. La ilustraré brevemente con una obra de Tolstoy. En la muerte de Iván Illch, el gran novelista ruso describe el proceso psíquico del héroe de su relato a través de una dolencia que lo llevará a la muerte. La enfermedad, la agonía, el dolor, el desamparo y el desenlace postrero, pintados con la destreza de una pluma genial, son vividos por el héroe con plena profundidad, en que se mezclan angustia, miedo y desesperación con el sosiego final de quien descubre la luz, y de forma insubstancial por familiares y amigos. Con la fuerza arrolladora de su fascinante prosa Tolstoy retrata el ambiente en que se ignora la muerte. El medio superficial la acoge como si nada. Hasta el mismo velatorio es un acto social más sin la menor trascendencia. Esa es la mejor manera para no sentir congoja y no malgastar la tarde sin la partida de cartas. Esta ignorancia villana atormentaba a Iván Illich. "Quienes le rodeaban o bien no lo comprendían, o no querían comprenderlo, y pensaban que todo seguía como antes, su curso normal. Eso era lo que más le torturaba". Envuelto en la indiferencia de un ambiente insubstancial que ignora lo inesquivable, el consuelo es imposible. "Vivir así", escribe Tolstoy, "al borde del abismo, sólo, sin ninguna persona que pudiera comprenderle y consolarle". ¡Qué horrible desesperanza roe por dentro al moribundo! No alivio para su mal, o regazo en el que hundir su cabeza fatigada, u ojos en que reflejar su infinito desaliento, ve el enfermo alrededor, si no mentira y olvido. En la atmósfera de farsa, divertida y solazada en que una vida doliente está a punto de exhalar el suspiro conclusivo -el aire no será suyo tras el aliento final-, la muerte es inoportuna. Contrariedad, mal hallada, despropósito, deshora, disparate, extemporánea. De este modo se presenta a quien pretende ignorarla: algo siempre a contrapelo. Quienes rodean a Iván Illich, que miran hacia otro lado en lugar de dar consuelo al amigo en la agonía, la ven como inconveniencia. Una falta de decoro. Sólo el joven Guerasim se acerca a sufrir con él. El consigue con su aliento con su gesto humanitario de compartir el dolor, que el tránsito a la otra vida, en vez de oscuro, sea luz. Consolar es alumbrar con la llama de la Vida.

Tampoco es consoladora la tiranía de la técnica. Ni un reparo hay que poner a la técnica benéfica, que no es algo censurable, si no la vida del hombre. Los avances tecnológicos de la ciencias biomédicas han mitigado el dolor. Enfermedades mortales en tiempos no muy lejanos se solventan hoy por hoy sin grandes dificultades. Diagnosticar sin error males antes ignorados es como un juego de niños. Y la profilaxis médica, la prevención patológica, se remonta hoy tan atrás, gracias a tecnologías audaces y de vanguardia -medicina predictiva, diagnóstico prenatal, análisis del genoma-, que es posible remediar dolencias y enfermedades aún antes de haber nacido. Hay que saludar la técnica, sus conquistas inauditas, sus avances portentosos, sus proezas beneméritas, con corazón obligado y sin ninguna reserva. Con el primer analgésico el rostro del universo recuperó la sonrisa. ¿Dónde está, pues, el problema? En conceder a la técnica un poder omnipotente sobre la vida y la muerte. En creer que no hay barrera que no pueda remontar ni misterios tan secretos que no pueda descubrir. Ya no existe lo imposible. "No poder" es una frase que hay que empezar a arrancar de los viejos diccionarios. Inalcanzable es tan sólo lo hasta ahora inaccesible. La técnica omnipotente no cree en males incurables. No hay enfermedad mortal, sino insuficiencia técnica. ¿Para qué hay que consolar? Cuando la penuria técnica, transitoria y pasajera, haya sido solventada y el hombre viva instalado en el mundo venturoso donde no existan desgracias y se remedien los males, también la muerte severa, con recetas tecnológicas, consolar será algo inútil. En vez de auxiliar a un hombre a sobrellevar su mal, se habrá eliminado el mal radicalmente del mundo. Heidegger dramatizó cuando convirtió la muerte en estrella principal del filme de la existencia. "Corazón del individuo" (Kern des Selbst) y "delegada de Dios" (Stellvertreter Gottes), según terminología de Adorno para subrayar la hipérbole del pensador nebuloso (7), la llamaba con frecuencia. Olvidó que el personaje del espectáculo insólito interpretado en el mundo no es la muerte: es la vida. Hoy el péndulo ha oscilado hasta el extremo contrario. La muerte, "muerte mezquina", como la llamaba Rilke, blanco cierto de la vida, "se acabar e consumir" para el gran Jorge Manrique, está a punto de perecer a manos del poder técnico. Esa idea descabellada, no la provechosa técnica, la quimera alucinante de un imperio tecnocrático con poder sobre la muerte donde no tenga lugar ni aliviar ni mitigar, es la que impide el consuelo como actitud bioética de los últimos momentos. El reinado de la técnica deja al alma sin consuelo. Ahora que todo es posibles (8), no hay que pedir al Señor, como le pedía Rilke, que nos dé a todos nosotros, "más pobres que los pobres animales" (ärmer denn die armen Tiere), a "Aquel que está sobre la ciencia" (Den gibt uns, der die Wissenschaft gewinnt) (9) para traemos consuelo. La tendencia irracional a considerar la técnica como redentora cósmica (10), aparte de fomentar esa pseudoreligión llamada cientificismo, no permite consolar.

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Además de ambas maneras de tratar al moribundo sin un aliento de alivio, existen formas brutales de negar al que agoniza el fármaco del consuelo. Por mucho que lo medito y doy vueltas a la cabeza para encontrar la razón, no consigo dar con ella. A mi alrededor descubro un universo rumboso. El observador atento de mirada penetrante descubre las maravillas de sus rincones distantes aún sin moverse del sitio. Para viajar de verdad, solía decir Pessoa, sólo hace falta existir. La mar llana y sin confines espejea en su superficie paisajes de lueñes tierras. En la oquedad de las olas retumban runrunes roncos robados a otras riberas. El escenario otoñal es una orquesta afinada con mil matices de ocre. Las hojas derrochan oro antes de caer al suelo. En la radio escucho absorto el trío en do menor de Brahms. El violín, el piano y el violoncello quejoso traen sones de centroeuropa hasta el mar Mediterráneo. Todo rezuma consuelo. Sólo a la mirada ciega se le oculta la poesía, que es consolación estética, agazapada en las cosas. Ciegas están la eutanasia y la saña terapeútica para negarse al consuelo.

Diré muy pocas palabras sobre la una y la otra. Plumas muy autorizadas han dicho con maestría todo lo que hay que decir. Yo explicaré sólamente que son acciones vandálicas que se niegan al consuelo. La eutanasia significa ceder a la indiferencia (11). Al despego inconmovible que nace del fatalismo. El fatalismo asegura que el destino ya está escrito. La actitud más razonable ante el sino ineludible es aceptar sus designios y someterse a sus planes sin rechistar ni argüir ni intervenir en el curso de los sucesos forzosos. Ante lo que ha de venir sin poderlo remediar -el hado, el sino, la suerte, el destino, la ventura-la postura inteligente es el frío estoicismo. Seguros y protegidos tras la coraza blindada de la apatía inalterable, se puede ver friamente el acontecer fatal encogiéndose de hombros. Sin mover un solo dedo. Que la muerte ha de llegar es la verdad más segura. No depende de decirle "ven, muerte, tan escondida". ¿Qué hacer ante esta certeza? ¿Qué hacer cuando es inminente? ¿Cuándo ya no hay esperanza y el enfermo desahuciado se retuerce de dolor en su lecho de agonía? La postura fatalista, madre de la indiferencia, es resolver el problema de manera fulminante: con una inyección letal. Acabemos cuanto antes. Para "resolver" así la cuestión más decisiva de la existencia del hombre, sin entrar en la conciencia sagrada de las personas (hacer juicio de intenciones es una inmoralidad), hay que aceptar que un enfermo a las puertas de la muerte, sin capacidad de gozo y sumido en el dolor, no es ya una persona humana, o que la existencia en ruinas, que no aporta rendimiento al sistema productivo y es un mar de sufrimiento, no merece ser vivida. Norbert Hoerster lo ha expresado con rotundidad muy firme. "Naturalmente que existen vidas indignas de vida" (12). No comparto la opinión del reputado jurista. No hay vida indigna de vida, sino personas dolientes que precisan el calor de una afable mano amiga. La eutanasia no es la ética del final de la existencia porque no cree en el consuelo. Pero los poetas sí. Ellos saben que el amor transfigura la aspereza del desenlace postrero en un acto personal abierto hacia la esperanza. "Y todo enajenado podrá el cuerpo // descansar, quieto, muerto ya. Morirse // en la alta confianza // de que este vivir no era todo // mi vivir: era el nuestro. Y que me vive // otro ser por detrás de la no muerte". Consuelo es amor y Amor.

Tampoco el ensañamiento con el enfermo incurable es un trato humanitario. La obstinación en curar cuando el mal no tiene cura no da ocasión al consuelo. El encono terapeútico, una eutanasia al revés, es el deseo de sanar sacado de sus casillas. Es la afirmación lunática de una terapia infinita que convierte a los enfermos en "prisioneros de la tecnología" (13). Hay que seguir sin descanso, sin hacer caso a lo inútil, realizando acciones médicas. La futilidad no existe para el médico tozudo. No importa el coste económico. Ni se debe reparar en el dolor añadido que la porfía terapeútica ocasiona al moribundo. Curar, curar y curar contra viento y marea aún cuando no haya esperanza: he ahí el encamizamiento (14). La concepción de la técnica como poder absoluto es la madre de esa idea. La tecnología actual permite manipular el omega de la vida, su ocaso y punto final. Hasta se crea la ilusión de que hay un rayo de luz cuando todo está en penumbra. No es difícil prolongada durante bastante tiempo en situación de agonía. Se puede verificar la muerte de una persona con su corazón latiendo y dar aire a un organismo con un pie en la sepultura de manera artificial. Técnicas recentísimas prestan soporte vital a enfermos que morirían sin este admirable auxilio. Síndromes desconocidos hace apenas unos años, como el estado vegetariano persistente, son hoy día lo más normal. ¿Cómo negar el socorro que el dominio tecnológico del ocaso de la vida presta en tantas ocasiones al enfermo terminal? Tampoco aquí es oportuna una censura completa. Hay que dar la bienvenida -yo se la doy sin reserva- a todos los adelantos que hagan retrasar la muerte. Es motivo de alborozo saber que el enfermo grave tiene calidad de vida. Pero todo tiene un límite. En los momentos finales, cuando curar no es posible, la única medicina es la gracia del consuelo. Si no marcamos el límite entre asistencia al enfermo y obstinación terapeútica, la técnica se transforma en un recurso agresivo dañino para el enfermo. ¿No está demás el consuelo si aún quedan por ensayar nuevas estrategias técnicas? Contra esa porfía ciega para aceptar el final, que recoge la expresión "ensañamiento terapeútico", el moribundo prorrumpe en un grito de socorro "pidiendo a la Medicina que lo libre de la Medicina". El oído delicado, adiestrado en el dolor, fino para distinguir los rostros del sufrimiento, percibe en la voz doliente solicitud de consuelo. Consuelo es saber parar la locomotora técnica para dar paso al amor.

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Ha llegado ya el momento de dar razón del consuelo. Indagaré el fundamento de la acción consoladora cuando la tibia mañana se abre paso entre las nubes, derramando luz sutil sobre la mar aterida por el relente nocturno, para aliviar su piel yerta con aliento caldeado. El sol consuela a la mar templando su torso helado. La mar consuela al paisaje con el beso de la brisa, el murmullo monocorde de sus cantes marineros, que interpretan a compás el oleaje y los vientos, y la ostentación policroma de su piel multicolor rociando en el ambiente todas las irisaciones desde el azul hasta el gris. El hombre siente consuelo amparado en el paisaje como en un amplio regazo. Existe un vínculo estrecho entre el consuelo y el mundo. Empezaré la tarea de explicar el fundamento del alivio y el consuelo remontándome muy lejos, hasta su razón remota: la forma del universo.

¿Qué pasaría si en el mundo sucedieran los fenómenos, los humanos y los físicos, con rigidez implacable? ¿Dónde habitaría el consuelo en un universo estricto, gobernando fatalmente por leyes inexorables sordas al sentir humano, en que la necesidad mecánica rigiera con mano dura hasta el suceso más nimio, sin permitir ni un desvío de la órbita marcada desde el principio del tiempo? No tendría casa ni hogar. En el orbe necesario las cosas sucederían sin tener en cuenta al hombre, que no tendría más opción que adiestrarse en la apatía para curarse de espanto y ver pasar ante si el acontecer fatal sin demudar el semblante. El estoico llama “sabia” a esta indiferencia apática. Yo la llamo renuncia: una abdicación vital para no sentir dolor suceda lo que suceda. Pero no hay duda ninguna, en esto tiene razón la filosofía estóica, que el consuelo no cabría en un mundo necesario. ¿Y cómo es el universo en que tiene su morada? Es un mundo contingente salido de un acto libre, amoroso y creador. Consolar -y muchos actos humano, como orar, pedir, amar, odiar, extrañar o confiar- tiene sentido en un universo libre, accidental y creado.

Que el mundo sea accidental, obra de un acto creador, es sólo una condición, necesaria e insuficiente, que hace posible el consuelo. En él tiene su morada. Pero la morada inhóspita suele quedarse vacía. Para que el mundo creado, el cosmos accidental, con su belleza enigmática tejida de atardeceres, con la música visible de auroras elementales, sea la estancia el consuelo, residencia permanente de la merced del alivio, no ha de tener cicatrices de odios viejos y estancados. El mundo ha de rezumar, como clara agua filtrada descendiendo de las cumbres, relámpagos de ternura. Cuando la piedad ahuyente los aletazos de sombra de la hiel del corazón y el afecto filantrópico teja su red altruista, el universo creado podrá ser su residencia. Lo diré rotundamente: nada sirve sin amor. Hasta el orbe accidental creado para hospedar el obsequio del consuelo se convierte en un desierto. Mundo creado y amor: esos son los dos pilares que sostienen el consuelo.

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Amor. Sólamente con nombrarlo nos damos cuenta de que estamos a las puertas del misterio. Un enigma fascinante que ha atraído como pocos la inteligencia del hombre. Hasta para ser él mismo, tener una identidad que lo haga inconfundible, verse impar y personal entre las cosas mundanas, uniformes y homogéneas, necesita que otro hombre lo ratifique en su ser.

"La persona humana", dice hermosamente Buber, "precisa confirmación, porque el hombre, como hombre, la necesita. El animal no necesita ser confirmado, pues es incuestionablemente lo que es. Todo es distinto en el hombre. Enviado del reino genérico de la naturaleza al riesgo de la soledad, envuelto en un caos nacido con él, busca secreta y temerosamente un sí que lo autorice a ser, el cual sólo le puede venir de una persona humana a una persona humana. Los hombres se ofrecen unos a otros el maná de la identidad del propio ser" (15). La persona es coexistencia y sin compañía de nadie su ser permanece en sombras. El asombroso Guardini, en sus Vorlesungen sabias que seguían con entusiasmo cientos de universitarios, enseñó que hay sólo un modo de acceder a lo más íntimo de la condición humana: estar con el alma en vilo preocupándose por él. De todo lo que se ha dicho -verdadero, hermoso, grande- me interesa retener esta frase de San Pablo: "Si tuviera toda la sabiduría, si repartiera mis bienes entre los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tuviera amor, de nada me serviría". El amor lo cambia todo. Es don, caridad, ágape. Supone un cambio profundo de la orientación vital. Un punto de vista nuevo. Marchar por otro camino. Tomar otra dirección. El cambio afecta, ante todo, al modo de ver al otro, que, mirado con amor, deja de ser meramente una parte de mi mundo, algo que gira en la órbita cuyo centro ocupo yo, para transformarse en alguien real, valioso y grande: en un ser igual que yo. La relación con el otro que se asienta en el amor se instaura con alguien único. Ese individuo exclusivo se llama "ser personal". Consolar es descubrir en el otro a una persona.

¿Cómo se manifiesta el amor entre los hombres? Como cálida acogida y aceptación sin reservas de la persona del otro. Aceptación, acogida, calor, reconocimiento, protección, sostén, amparo: esos son los fundamentos de la ética de alivio de los últimos momentos.

8

¿Qué es el reconocimiento? El juicioso diccionario, tan sesudo casi siempre, aquí se queda algo corto. Dice que reconocer es "darse cuenta de que una persona o una cosa es precisamente una determinada". Ese reconocimiento es puramente sensible. Se aplica igual a las cosas, los cuerpos, los objetos y los animales. Reconozco que el cuarteto toca el tercer movimiento de los Cantos de Verano del finés Peteris Vasks porque, aguzando el oido para oírlo atentamente, lo identifico al momento como la hermosa elegía escuchada tantas veces por la noche frente al mar. Reconozco este paisaje de llanuras altiplanas valladas por cerros verdes porque se halla en mi memoria desde el día que lo vi. Y reconozco el estilo de la capilla románica por su nave de crucero -recogida, solitaria, modesta, obscura, pequeña- que convida a la oración. En todos estos ejemplos lo realmente importante se conoce de antemano. Si el oído me engañara y, en vez de la melodía que atribuyo erróneamente al compositor finés, fuera una elegía de Borschak la que cabalga en el aire como haz de notas transidas, seguiría estando seguro, con una certeza firme inasequible a la duda, de que es música atormentada la que traspasa mi alma. Mi error es accidental. Lo decisivo está a salvo. Si un traspié de la memoria me confunde los recuerdos y, en lugar de un altiplano en la cordillera andina, lo que contempla mis ojos es un valle pirenaico encumbrado en las alturas, mi creencia de que estoy en una esbelta llanura que compite con los montes en avecinarse al cielo permanece inconmovible. Sólo he trastocado el sitio. Y si mi densa ignorancia de los estilos artísticos me enmaraña las ideas y me encuentro de rodillas en una iglesia rural de ventanas escurridas para tamizar la luz, no en una iglesia románica de sillares centenarios, seguiré estando en lo cierto de que me hallo en un templo recitando una oración envuelto por la penumbra. Confundo exclusivamente estilos arquitectónicos. En cualquiera de estos casos "reconocer" significa situar correctamente los objetos percibidos. Ubicarlos diestramente en el lugar adecuado. Saber que algo ya sabido -música, paisaje, iglesia- tiene nombre y apellidos: que es algo determinado. Decir el autor correcto, la ubicación geográfica, el estilo arquitectónico. Errar en cosas así carece de trascendencia. A las cosas les da igual que acertemos o erremos en nuestros juicios sobre ellas. Siguen siendo lo que son. El mal reconocimiento tan sólo que afecta a mí, que me siento confundido.

Hay un reconocimiento que no sirve para las cosas, sino para las personas. Lo llamaré "metafísico", frente al sólo accidental, determinación adjetiva que no afecta a lo esencial, para indicar que se trata de un acto constitutivo. Reconocer no es ahora adjetivar un objeto cuya identidad real no entraña ninguna duda -decir que la melodía es la compuesta por Vasks, el paisaje está en Colombia, o que la iglesia es románica-, sino ratificar en el ser a alguien que, sin el acto personal de afirmación ontológica, no ocupa en la realidad el puesto a que está llamado. Reconocer significa decir" sí" a la persona. Podría parecer, sin duda, que ese acto de afirmación está enteramente demás. Que la persona es en esto lo mismo que son las cosas -música, paisaje, iglesia-, seres bien constituidos con identidad segura que no precisan que nadie los corrobore en el ser. Las personas no son" algo". Son "alguien" con un destino que no puede realizar si otros seres personales no reconocen que son tan personas como ellos. Como "respuesta adecuada" (16), adecuada a la persona, lo define Robert Spaemann. La persona es inaudita, impar, inconmensurable. Los criterios empleados para valorar las cosas son fútiles para ella, que rompe todos los límites y tiene un ser perfectivo, potencialmente infinito, sin igual en la amplitud del dilatado universo. Es "cosa rara" en el mundo. Es tan distinta de todo, tan peculiar y exclusiva, sin poderse reflejar en ningún lugar del cosmos, sin nada parejo a ella en los inmensos espacios, excepto sus semejantes, que también para integrarse en la gran comunidad de las personas humanas, donde nadie ingresa a dedo ni por un acto arbitrario de cooptación parcial, sino por derecho propio, por haber sido engendrado en un vientre de mujer, precisa que otra persona tan singular como ella la acoja amorosamente. Las personas establecen entrelazando sus vidas una relación sui generis llamada comunidad. Todas son miembros de ella. La comunidad entera se resiente al desterrar a un sujeto de sus filas. Cuando cede a la barbarie de expulsar a una cualquiera se vicia y animaliza. El reconocimiento impide cometer ese atentado y evita que las personas malogren su identidad. Permite que sean personas recibiéndolas con gozo en el circulo selecto de los seres personales. Más allá de las paredes de este abrigado recinto ya no hay vida personal. Reconocimiento en serio, en sentido metafísico no meramente adjetivo, es un acto de acogida. Es la admisión sin reservas de una persona sin parar a la fiesta de la vida de los seres personales. Si se le niega la entrada, si no se escucha el clamor de su presencia callada, un estruendo sigiloso retumbando como un eco que atrona la lejanía, su vocación se malogra. "El ser personal", dice Spaemann, "no es algo que primero se sospeche y más tarde, cuando la sospecha aumenta, se reconozca jurídicamente. La persona se da sólo en el acto de acogida. Y el ser personal propio no se da antes que el del otro" (17). El reconocimiento es un acto de doble filo: ratifica a otra persona y permite que lo sea el que lo hace. Consolar es aceptar al otro como persona.

9

La embarcación surca el mar. Las vaharadas de sal que llegan hasta la orilla empujadas por el viento delatan la carga pingüe capturada entre las redes en una noche de brega faenando en alta mar. Con la quilla abre una grieta en la llanura del agua que fragmenta los resoles en mil chispas titilando en el cuenco de las olas. La estela que deja impresa al alejarse hacia el muelle es como una vieja herida que desfigura su rostro. Pareciera que la nave profanara la mar quieta trazando rugosos surcos en su superficie tersa. Su casta llanura plana es deshonrada por las arrugas que el barco deja en las aguas. Pero todo es ilusión. Entre la brisa y las olas recomponen la figura brevemente deformada. Pasados unos segundos la mar ha restablecido su lisa topografía, afeada fugazmente por el corte de la quilla. He ahí una imágen física del consuelo que las cosas se pagan unas a otras. Y es que el consuelo en el mundo es la armonía universal entre todo lo creado.

Entre los seres humanos el consuelo se presenta de numerosas maneras. El "consuelo terapéutico", el que aplican diariamente tantos médicos filántropos, son ciertos cuidados básicos. Aseo, abrigo, hidratación, nutrición, evacuación son cuidados esenciales que alivian al moribundo. Deben ser proporcionados como consuelo benéfico, sean cuáles sean los pronósticos y la esperanza de vida, a toda persona humana. Pero, antes o después, el consuelo terapéutico resultará insuficiente. Cuando llegue ese momento, en los instantes finales, deberá ir acompañado por otra forma de alivio que llamaré abiertamente" consuelo espiritual". Cuando no existan medidas que puedan parar la muerte, cabe ayudar al enfermo a que muera de otro modo. "Una muerte así", dice Maqroll el Gaviero, el personaje de Mutis aficionado a la errancia por mares y por océanos, "nos niega alevosamente a nosotros mismos y por eso nos es intolerable" (18). Ese es el fin del consuelo: ayudar a bien morir y así impedir que la muerte nos niegue alevosamente. Es una tarea difícil que exige acoger al otro y enseñarle a que se abra a la Persona de Cristo. Para morir con dignidad hay que ofrecer al enfermo "todas las oportunidades para confrontar ese momento en paz; con una conveniente atención médica cuyos medios sean proporcionados a sus resultados sin tecnicismos abusivos; con un verdadero acompañamiento que evite la sensación de abandono; con dolores mitigados, si ello es posible y querido por el paciente; y contando con la conveniente asistencia espiritual y, en el caso de los creyentes, con el auxilio religioso que le disponga al encuentro definitivo con el creador" (19). Consuelo es morir con Él. El sufrimiento del hombre que se siente abandonado se mitiga cuando tiene la compañía de Dios. Voy a ilustrar esta idea, con la que llego al final de este periplo teórico en tomo a la bioética de los últimos momentos, con dos ejemplos del arte. Un antiguo pensamiento, que cuando más lo medito más exacto me parece, sobre la esencia del arte, que cumple la función valiosa, totalmente imprescindible para que la vida humana no viva en la superficie, de mostrar a plena luz las dimensiones ocultas del mundo y de la existencia, me mueve a dar al escrito un coronamiento estético. Creo que, además de bello, es real y verdadero.

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El primero es musical. Se trata de la leyenda compuesta por Hans Pfitzner para honrar el gran talento y la eminente figura de Palestrina (20). En una escena soberbia, la sexta del primer acto, el héroe atribulado, hundido en el sufrimiento, que observa cómo el amigo está a punto de expirar, cómo se acerca la muerte sin que se pueda atajar su paso seguro y lento, lanza un quejido a lo alto, de donde espera que venga consuelo para el que muere y alivio para el que llora. "Sólo en negra obscuridad // yo un hombre menesteroso angustiado por el miedo // clamo con fuerza a lo alto. "(Allein in dunkler Tiefe // Voll Angst ich armer Mensch // Rufe laut nach oben). Los cuidados paliativos no llegan a las alturas adonde mira el espíritu cuando se aleja del mundo. Ni las técnicas de punta ni la terapias pioneras ni los fármacos más nuevos pueden seguir socorriendo a un organismo marchito sin soporte del espíritu. Tan sólo queda el consuelo que nos llega de lo alto.

El segundo es literario. Iván Illich sabe bien que la muerte se aproxima. Es una clara evidencia tan cierta como el ocaso que ha de seguir a la aurora.

"El acto terriblemente majestuoso de la muerte" lleva al héroe moribundo a considerar su vida. Al echar la vista atrás y revisar la jornada de su existencia en la tierra, descubre aterrorizado, con la certeza axiomática de que no cabe el engaño en el umbral de la muerte, que no ha sabido vivir. Su vida ha sido mentira, fraude, falsedad, engaño. "Una atroz falacia que celaba la vida y la muerte". En vez de llena y colmada, se presenta ante la muerte vacía, yerma, arruinada. Una vida malograda no puede aceptar la muerte como su acto supremo. Pero siempre queda tiempo para cambiar el rumbo. En el instante final, a punto ya de morir, Iván Illich da a su vida un cambio de dirección. "Divisó la luz y descubrió que su vida no había sido lo que debía, pero que aún estaba a tiempo de remediado". ¿Es posible remediar la desgracia de la vida cuando apenas queda tiempo para exhalar un suspiro? Sólo si existe el perdón de Dios misericordioso, que es un poder sobre el tiempo que borra lo que ha pasado. Al darse cuenta Iván Illich de que hay tiempo todavía, de que su vida vacía, sin sentido y malograda, vivida en la superficie, gastada en futilidades, puede acabar como obra impecable y consumada, la muerte cambia su aspecto y se convierte en el acto decisivo de la vida por el que ésta llega a ser poseedora de sí misma. En ese instante cimero "buscó su habitual miedo a la muerte y no lo encontró. ¿Dónde está? ¿Cómo es la muerte? No tenía miedo de ninguna clase, porque tampoco ella existía. En vez de la muerte había luz Se ha terminado la muerte -se dijo-. Ya no existe. Aspiró el aire, se detuvo a media aspiración y falleció". El consuelo es ayudar a percibir esa luz. Yo creo que esa luz es Cristo.


1. Mutis, Empresas y tribulaciones de Magroll el Gaviero, Alfaguara, Santafé de Bogotá, 1995, p.420.

2. Cfr. R. Andorno, La bioéthique et la dignité de la personee. PUF, París, 1997.

3. Cfr. G. Herranz, Respeto médico a la vida terminal. Atlántida 1992 (29). ¿Eutanasia o unidades paliativas? Bioética y Ciencias de la Salud, 1994, (0), pp.24-34. J. Sanz, Papel de la Medicina Paliativa en situaciones clínicas límite. Bioética y Ciencias de la Salud, 1994 (1), pp. 63-64.

4. B. Paseal, Pensamientos. Alianza, Madrid 1986, N°. 133, p. 56.

5. M. Allué, La gestión del morir: hacia una antropología del morir y la enfermedad terminal Jano. N°. 635-H,13-24 de mayo de1985, p. 67.

6. H. Marcuse. Triebstruktur und Gesellschaft, Frankfurt 1965, p. 265.

7. Cfr. Th. W. Adorno, Jargon der Eigentlichkeit. Zur deuschen Ideologie. Frankfurl 1984, pp. 114. y ss.

8. "Die Machbarkeit wird als ein neues Kriterium der Wahrheit begriffen". G. Picht, Wahrheit, Vernunft, Verantwortung, Philosophische Studien, Stuttgart 1969, Cr. tambien H. Freyer, Theorie des gengenwärtigen Zeitalters, 1955.

9. R. Rilke, Das Stunden-Buch, drittes Buch, Das Buch van der Armut und wom Tode, en Rilke Werke, Band I.lnsel Verlag, Frankfurt am Main und Leipzig 1991

10. "Tendez zur Welterlösung durch Forschung". F. Wagner, Weg und Abweg der Naturwissenschaft, München 1970, p. 36.

11. Cfr. sobre la eutanasia S. Cte, Death by choice. Am J. Nursing (31) 1991. J. Cervós y C. Martlnez, Eutanasia: ¿un error de justicia o una injusticia? Atlántida (52) 1991. M. De Wachter. Euthanasia in the Netherlands. Hastings Cen Rep 22 (2) 1992.

12. N. Hoerster, Tötungsverbot und Sterbehilfe, en H. M. Sass (Hrgb.) Medizin und Ethik, Reclam, Sluttgart 1989, pp. 287-295.

13. Cfr. M. Angell, Prisioners of tecnology, New Eng J. Med. 332 (17) 1990. pp. 1226-1228

14. Cfr. F. D. Moore, Desperate cas: care (costs, applicability, research, ethics). JAMA 261 (10) 1989. S. Braithwaite y D. C.Thomasma, New guidelines on foregoing life-sustaining treatment in incompetent. Annals inlem Med 105 (5) 1986.

15. M. Buber, Undistanz und Bezeihung, Heidelberg 1951, p.44.

16. R. Spaemann, Personen. Versuche ûber den Unterschied zwischen "etwas" und jemand" Klett-Cotta. Sluttgart 1976, p. 252

17. Ibid. p. 193.

18. A. Mutis, op. cit, p. 583.

19. Ilva Myriam Hoyos Castañeda, Las paradojas de una sentencia que enfrenta la dignidad humana con la estimación relativa de lo digno. Intervención en el Foro Internacional por la Vida, Auditorio Hotel Tequendama. Universidad de La Sabana, Asociación Colombiana de Medicina, Santafé de Bogotá 1997. Pág. 4. Pro manuscrito

20. H. Pfrtzner. Palestrina. Musikalische Legende in drei Akten. Berlin 1916.

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