IDIOSINCRASIA Y AMBIENTE:
UNA REFLEXIÓN HIPOTÉTICA

IDIOSYNCRASY AND ENVIRONMENT:
A HYPOTHETICAL REELECTION

IDIOSSINCRASIA E AMBIENTE:
UMA REELEXÃO HIPOTÉTICA

Julio Coutiño-Molina1

1 Licenciado en Biología. Maestro en Ciencias en Recursos Naturales y Desarrollo Rural, México.
jcoutino@ecosur.mx



Señora —le dije a aquella mujer que esperaba el transporte colectivo junto conmigo— ahí tiene el basurero; luego nos andamos quejando de que se inundan las calles. Por toda respuesta, aquella desconocida conciudadana solo esbozó una sonrisa después de haber tirado su botella de refresco en la calle, a pesar de tener junto a ella un basurero. Tan sobria respuesta me desconcertó. Yo más bien esperaba una mentada de madre (expresión popular mexicana) pues, generalmente, en estos casos en México no se reacciona de muy buena manera cuando se trata de que alguien nos llame la atención sobre nuestro accionar ambiental y deber cívico.

Es casi seguro que de inmediato señalemos a la falta de educación o a la condición social como detonantes de este tipo de actitudes. Sin embargo, cuántos de nosotros no hemos visto a personas educadas o de alto nivel socioeconómico lavando sus banquetas, tirando basura en las calles, quemando desechos, etc. Y dejando de lado todo aire moralista, el punto toral no es juzgar dichas acciones, sino entender la razón de ellas. Parece difícil pensar que la especie humana sea la única incapaz de experimentar neotenia (el aprendizaje o temor de un animal en relación a alguna experiencia negativa, por ejemplo, después de haber sido capturado). Y sin embargo, parece que la superficialidad del pensamiento cotidiano impide meditar sobre las consecuencias de nuestros actos. De otra manera cómo explicar que aun teniendo conocimiento de las consecuencias, no se modifiquen varias de nuestras acciones sobre el ambiente, y eso independientemente del axioma romántico de que los habitantes de zonas urbanas son menos responsables de su entorno respecto a aquellos que habitan zonas rurales —o prístinas si se prefiere— (1).


NUESTRA IDIOSINCRASIA, ¿UN FACTOR NEGATIVO PARA EL CUIDADO AMBIENTAL?

Parecería que todo termina circunscribiéndose a un asunto que bien se puede denominar de idiosincrasia ambiental, entendida como la manera particular de ser de cada individuo y de nuestra sociedad respecto al cuidado del medio. Es decir, la comodidad de tirar los desechos (o de otras diversas acciones irresponsables), simplemente porque vale madre, es una actitud de desidia. Esto parece confirmar que la conducta humana está hecha de incertidumbre y que cotidianamente adoptamos decisiones y acciones que comprometen nuestro futuro. Si bien es cierto que nuestro libre albedrío nos "permite" actuar con desidia, también es cierto que dicha libertad debe ajustarse a un marco ético y normativo orientado hacia lo correcto.

Por lo anterior, y considerando que la responsabilidad con que tomamos nuestras decisiones varía de acuerdo al conocimiento que poseamos al respecto, se podría considerar si dicha desidia se debe a falta de información. Pero teniendo en cuenta que actualmente en México la educación ambiental forma parte del sistema educativo (con deficiencias si se quiere), que los medios de comunicación, las instituciones federales y estatales y diversas ONG presentan proyectos y campañas ecológicas permanentes, tal afirmación parece endeble. Sin embargo, las variaciones con que cada individuo percibe su ambiente también conllevan implícita una diversidad en sus interacciones para con este (2). Por lo que, lejos de una visión similar al Mundo feliz de Aldous Huxley, es indudable que una hipotética tendencia homogeneizadora de nuestra idiosincrasia ambiental sería deseable.


¿UNIFORMIDAD EN EL CUIDADO DEL AMBIENTE?

Independientemente de que tal afirmación podría considerarse una imposición moral, también es cierto que la crisis ecológica impone la necesidad de respuestas acordes. Si bien esto significa algo que se hace por nuestro propio bien, también puede considerarse una exigencia a la voluntad individual. Pero esta supuesta restricción a la libertad representa, paradójicamente, el crisol donde el yo responsable se fragua a partir de elecciones inducidas por las que el individuo aún no se responsabiliza (3). Para Rappaport (4), la cultura es un instrumento de adaptación a la naturaleza y adoptar una pauta cultural responde a las mismas reglas de la adaptación biológica; además, el estímulo adecuado —en este caso la educación ambiental— puede producir un incremento en el comportamiento deseado. Esto sugiere que teóricamente es posible una cultura de cuidado y respeto común hacia la naturaleza, pero ¿sería éticamente aceptable?

Lo anterior podría considerarse una visión impuesta del medioambiente. Sin embargo, según la teoría de la sociabilidad, las personas hacen cosas con, para y en relación con los demás (5). Ergo, no se trataría de imponer una cultura sobre otra, ni de pasar por alto lo local, sino de generar los cambios que, desde lo individual y local, puedan transcender a lo colectivo y global (6), en vista de lo cual no sería éticamente incorrecto buscar dicha homogeneización a través de la educación, pues se contribuiría a la formación de pautas de responsabilidad comunes en dicha materia.

Adoptar nuevas pautas de comportamiento ético hacia el ambiente quizá no sea posible más allá del ámbito teórico, pero al menos Conrad Lorenz, el etólogo austriaco, menciona que mientras más tiempo se deje de realizar un comportamiento específico, mayores serán las posibilidades de que dicho comportamiento se produzca. Ello puede significar que el surgimiento de una nueva cultura de respeto esté más cerca de "implantarse" en nuestras sociedades. A manera de conclusión, la frase del emperador romano Marco Aurelio: "Los hombres han nacido los unos para los otros, edúcalos o padécelos".



REFERENCIAS

1. Escobar A. Constructing nature. Elements for a postructural political ecology. In Peet R, Watts M, editores. Liberation ecologies. London: Routledge; 1996. p. 46-48.

2. Ellen R. Environment, subsistence and system. The ecology of small-scale social formations. Cambridge: Cambridge University Press; 1989.

3. Savater F. El valor de educar. México: Instituto de Estudios Educativos y Sindicales de América; 1997.

4. Rappaport R. Naturaleza, cultura, antropología ecológica. En H. Shapiro, editor. Cómo funciona la sociedad. México: Fondo de Cultura Económica; 1975. p. 261-292.

5. Linton R. Estudio del hombre. México: Fondo de Cultura Económica; 1972.

6. Chávez MT. La ética ambiental como reflexión en el marco de la educación en ciencias y en tecnología: hacia el desarrollo de la conciencia de la responsabilidad. Educere, artículos arbitrados 2004; 11: 483-488.


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