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¿Acaso debemos celebrar?

Fecha de recepción: 14-03-2011
Fecha de aceptación: 31-03-2011

Mario Guillermo Arrieta1

1 Médico. Traumatología y Ortopedia Pediátrica en Sanatorio Alvear Santiago del Estereo, Argentina.

Esta mañana (17-III-2011), mientras terminaban de comentar en la emisora de radio que escuchaba en mi automóvil, camino a mi consultorio de rutina, la horrible experiencia que vive el pueblo japonés, matizaron los comentarios con una grata noticia: “Ha nacido el primer niño sin el gen de cáncer de mama en España”. Qué grata experiencia decía el locutor, dentro de un tiempo la humanidad dejará de sufrir con tan maligna enfermedad.

El comentario trabajó en mi pensamiento durante todo el día por dos nefastas experiencias en mi familia, que me habían tocado de cerca. Mi madre, Beatriz, a los 53 años de edad, moría a consecuencia de esta maldita enfermedad, luego de dos años de penurias e impotencia. También, cuatro años más tarde, a los 56 años de edad, moría de la misma forma, casi inexplicablemente, después de haber tenido una experiencia anterior, mi suegra, Lely.

En en un primer momento pensé: que alegría, no habrá más Bettys o Lelys. Pero al mismo tiempo, la frase no me cerraba. Imaginaba la cantidad de mujeres que tuvieron que pasar por la misma nefasta experiencia de una sentencia de muerte, sin distinción de edad, raza o profesión. Me imaginaba la gran cantidad de grandes científicas, literatas, artistas, políticas, empleadas o
amas de casa que sufrieron esa enfermedad, pero que en sus años de sanidad hicieron grandes obras para la humanidad, o simplemente para los suyos.

Ciertamente, si esto se hubiera descubierto cien años atrás, no tendríamos el cáncer de mama ahora, pero seguro tampoco hubiera tenido una Betty, ni una Lely, ni ninguna de las grandes celebridades que padecieron esta enfermedad hubiera existido. Por tanto, y en consecuencia, también se habrían perdido sus grandes obras. Porque de los embriones fecundados que se eligen para el implante, solo los que carecen del gen transmisor de la enfermedad son los implantados. Los demás se descartan.

Pero aquí surge una justificación que cae como anillo al dedo. Quizás no hubiera sido Betty tu madre, y quizás no hubiera sido Lely tu suegra, y quizás hubieran sido celebridades otras mujeres con otros nombres y hubieran hecho otras grandes cosas.

Ahora contesto a esa pregunta. Es que yo no quiero otra madre, por más que hubiera vivido más años y no hubiera tenido cáncer. Porque fue esa única persona, mi madre, la cual me dio el amor más grande que un ser puede recibir. No quiero otra porque quizás también yo sería otra persona, y no quiero otra suegra porque quizás mi esposa tampoco sería la misma.

Tengo cuatro hijas mujeres, las cuales tienen grandes posibilidades de que alguna de ellas tenga el gen maligno del cáncer de mama por parte de sus dos abuelas y, por supuesto, mi esposa también tendría esa predisposición.

Pero no lo sé a ciencia cierta. Ninguna se ha hecho el estudio genético, pero se controlan periódicamente sabiendo su condición de predisposición.

No obstante, si pudiera volver el tiempo atrás y tuviera la bola de cristal, me preguntaría si tuviera que “descartar” alguna de ellas por saber que tienen el gen maligno, por supuesto que me negaría rotundamente. Porque no quiero otras hijas. Quiero las que tengo, así, tal cual son. Son ellas, mis hijas, las que me han dado y me seguirán dando las mayores alegrías que un hombre puede esperar.

Intento ponerme en esta condición utilitarista y me pregunto: ¿es una enfermedad un argumento para eliminar a una persona sin poder valorar otras condiciones que podrían justificar su existencia? Es que no tendrían que ser tan o más importantes, si vamos al caso, otras formas de selección, como son los psicópatas, los violadores o enfermedades que todavía no sabemos si tienen relación con factores genéticos y que tanto daño hacen a la humanidad.

Estos científicos que piden “tener prudencia y responsabilidad a la hora de aplicar estas técnicas” no ven más allá de su propia ambición técnica, y su vedetismo mediático. Espero que la humanidad reflexione en llamar “buenas noticias” a estas, que yo empezaré a llamar a la técnica médica el “Abra cadabra, nada por aquí, nada por allá”, y la enfermedad desapareció. Pero también, con la enfermedad, nos “llevamos puesto”, indefectiblemente, al ser que la portaba.

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